Ociosidades

Yo le apuesto a la ética para cambiar este asunto

 

En las últimas semanas, como una constante de nuestra realidad colombiana, una dolorosa situación ha exacerbado los ánimos de los ciudadanos. Masacres, abuso de la autoridad, reacción de la población ante estos hechos, y una sensación de impotencia, rabia, desesperanza e indignación generalizada. Sin embargo, la televisión se centra en los daños a locales, buses y el cuantioso costo de esos hechos. Se acompaña la imagen amarillista con un discurso que acusa estas acciones de violentas, irracionales y el único interés es señalar que esto saldrá de los impuestos. Más allá de quedarme en defender una acción y rechazar la otra, quisiera expresar algunas ideas al respecto.  Lo acontecido en los últimos días además de ser inaceptable, nos tiene que llevar a pensar que es el resultado de una crisis institucional, una crisis estructural, es el resultado de una crisis ética, política y espiritual.

 

Desde hace mucho tiempo se ha abandonado la reflexión ética en todos los ámbitos de la sociedad y en especial en la educación, se ha venido haciendo una educación sin ética, sin esa posibilidad de reflexión crítica sobre los ideales de vida buena que nos permite la estructuración del carácter y criterios sólidos, argumentativos que orienten una toma de decisiones de manera sabia y prudente. No pretendo señalar que la ética sea una especie de artilugio para que todo sea ideal e ingenuamente perfecto, pero sí nos permite afrontar la situación de conflicto, presente en la existencia, con actitudes comunitarias, empáticas y solidarias. Además, la consciencia ética se traduce en praxis política con consciencia crítica que no se deja manipular por líderes mesiánicos, ni absolutiza las ideologías.  Precisamente teniendo en cuenta la condición humana es que se hace necesaria la ética, no como mecanismo de control sino como compromiso para comprender la realidad social y política. Ahora bien, consciente de la fragilidad, imperfección e incertidumbre propias de la condición humana se hace pertinente la ética que promueve la reflexión sobre los horizontes de sentido personales y comunitarios. Sin embrago, la realidad nos señala que, en muchos espacios sociales la ética se toma como superflua e innecesaria y termina privilegiado el activismo, la producción y una moral industrializada que se impone sin análisis, ni reflexión. La consecuencia de esto es que asistimos a una crisis moral que ha invertido lo fundamental.  Se ha privilegiado el capital sobre la vida; la fuerza sobre el diálogo; las instituciones sobre las personas. Claro, la consciencia ética incomoda, porque se vuelve crítica, contestataria, inconforme y transformadora. Por eso no gusta, porque como diría Estanislao Zuleta forma personas inadaptadas al sistema, que no se conforman con la realidad de injusticia. Por eso, para la tranquilidad de las buenas gentes se ha privilegiado una moral que calme consciencias y genere indiferencia y apatía. Esto se traduce en una crisis política que se manifiesta en masacres, corrupción, muertes. Sumado a esto la falta de credibilidad en las instituciones agudiza la problemática. Esta crisis ética y política se convierte en una olla a presión que solo necesita el más mínimo gesto para hacer explotar la dolorosa indignación que el pueblo lleva reprimiendo hace muchos años.

 

No se puede minimizar, ni mucho menos negar la magnitud de lo acontecido en los últimos días, pero también nos exige superar la polarización entre buenos y malos. Se hace necesario comprender cada cosa en su magnitud: los asesinatos sistemáticos a líderes sociales significan la incapacidad democrática de reconocer el disenso y se constituyen en genocidios al pretender acabar a un grupo poblacional. Las masacres de jóvenes no son asesinatos colectivos, el abuso policial por parte de algunos agentes de la fuerza pública los ha convertido en asesinos y la protesta social debe dejar de ser estigmatizada, cuando son fruto natural de la indignación frente a la injusticia. Asistimos a una crisis social que afecta a todos independiente de la línea ideológica, y lo único seguro es que si no se asume con sensatez seguirá cada acto generando más muerte y más dolor.

 

La filósofa Adela Cortina en su obra ¿Para qué sirve realmente la ética? Señala textualmente que: “la confianza abarata costos (…) ojalá la confianza pudiera ser base de nuestras relaciones, el mundo seria infinitamente más barato en sufrimiento” Hay una, una crisis de confianza, que no es más que una crisis institucional. La ciudadanía no se siente representada por sus gobernantes. Los entes de control politizados no generan confianza de los procesos que allí se llevan. Las instituciones que deben proteger a la ciudadanía se les ha visto agrediéndola. Y entonces, esto genera malestar social, pero para calmar los medios empiezan a promover discursos para disimular la profundidad del problema, por eso se escucha decir “Que robe, pero que haga” “no todos son iguales, hay unos que son buenos” “son casos aislados” Y en ocasiones se hacer ver a quien reclama justicia como un antisocial por expresar su malestar” y con tanta repetición pareciera que tuviéramos que aceptar y hasta agradecer que no nos maltrataron más, incluso nos hacen creer que debemos agradecer al político por no robar más. Aquí hace falta carácter para llamar las cosas por su nombre, sin eufemismos, ni mentiras Hace falta contundencia y firmeza contra la injusticia. Solo reconociendo las dificultades, se pueden superar. No podemos seguir tolerando la corrupción, la injustica, las masacres y la exclusión. Creo que el paro del 21 de noviembre del 2019 fue una expresión legitima de la ciudadanía (claro que se usó una estrategia para deslegitimarlo, nos hicieron sentir miedo, como quien dice:  que la delincuencia es el resultado de la protesta), por eso, hay que superar el miedo y este solo es posible en unidad, en comunidad, ejerciendo el poder legítimos y constituyente de la ciudadanía, por eso en los paros estudiantiles y la lucha de muchos movimientos sociales hay un mensaje claro: “el pueblo está cansado”. Esta cansado de que jueguen con sus deseos de justicia; cansado de ver morir a sus jóvenes; cansado de los feminicidios y cansado de una política necrófila que desangra física y moralmente al pueblo. Además, está cansado de la falta de voluntad política por parte del gobierno, de su negativa constante de escuchar el clamor popular que exige transformaciones, el pueblo está cansado del rechazo constante por parte de sus representantes, de la actitud del gobierno de negar la realidad y de la respuesta impertinente que exacerban los ánimos de la comunidad y que son estigmatizados de vandalismo. Acaso el silencio y abandono estatal no es la mayor expresión de la violencia sistemática que se comete contra la población, en especial con los más débiles. Esta crisis institucional ha dado origen a los nadies, a esos que Eduardo Galeano describe así:

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.

Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la

Liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:

Que no son, aunque sean.

Que no hablan idiomas, sino dialectos.

Que no hacen arte, sino artesanía.

Que no practican cultura, sino folklore.

Que no son seres humanos, sino recursos humanos.

Que no tienen cara, sino brazos.

Que no tienen nombre, sino número.

Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica

Roja de la prensa local.

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata

 

Estos nadies se cansan del sufrimiento, de la exclusión y quieren expresar sus voces, pero son callados, invisibilizados y sus gestos en busca de justicia son censurados como violencia y vandalismo. Para minimizar su descontento se centra en el valor de los edificios, de los vidrios rotos, de los buses quemados, pero nada se dice de las razones de su descontento, de los niños y niñas que mueren de hambre, sin escuela, del maltrato infantil, de los campesinos olvidados y de los lideres asesinados. En los sucesos de las últimas semanas los medios dedicaban grandes franjas de sus noticieros a mostrar con detalles las agencias bancarias con sus vidrios rotos, las nombraban una y otra vez, pero tímidamente se habló de las personas que murieron. ¿Dónde queda la dignidad de la persona humana? Para muchos “ciudadanos de bien” es mayor el costo de unos vidrios rotos que el valor de la vida humana. Cómo se reduce lo importante y fundamental al capital. Ante esta situación los pobres de la tierra expresan su inconformidad a través de la legitima protesta social, que en ocasiones y por muchas razones reaccionan también con exceso de fuerza. Esta indignación debe ser leída como la exigencia de comunidad ante la injusticia. Es la respuesta de la ciudadanía como bloque histórico que expresan su indignación ante las negatividades que sufren las víctimas de un sistema hegemónico, dominador y excluyente que condena a millones de ciudadanos y ciudadanas a la pobreza y a la muerte. Estas situaciones de inconformidad ante las acciones de abandono, violencia e injustica expresan la necesidad urgente de cambiar este asunto; de resignificar nuestro proyecto de país.  Se necesita de un proyecto donde quepan y participen todos y todas, que se fundamente en apuesta ética que nos permita trascender la moral de la competencia, de ver al que piensa diferente como el enemigo y que nos permita reconocer en el otro y en la otra la posibilidad de construir comunitariamente. El Estado debe gestar una transformación significativa en sus instituciones, algunas deben ser transformadas significativamente y estructurarse para que su labor gane legitimidad social.  El ejercicio delegado del poder no puede tener otro fin que el desarrollo y cuidado de la vida, en todas sus manifestaciones. No quiero más policías agresores ni agredidos, ni que la comunidad que protesta sea agredida, ni agresora. No quiero más niños y niñas masacrados en los cañaduzales, ni más falsos positivos. No quiero más minería ni legal, ni ilegal que acabe con los páramos, con el agua y la biodiversidad. Aquí debe prevalecer la vida, la dignidad humana y el respeto a la diferencia. En este proceso la educación tiene mucho que decir como formación de la consciencia critica, de la consciencia política que reconozca el poder de los movimientos sociales como gestores de la transformación histórica. Pero se debe superar la idea simplista de pensar que dar cátedras de ética es suficiente. No deleguemos en la escuela, lo que es responsabilidad de la sociedad. La educación debe ser ética en su esencia, independiente que exista como área. La ética no se reduce a una asignatura, es una búsqueda constante y reflexiva de los sentidos de vida que exige pensarnos hacia donde queremos ir como sociedad. También señalaba que es una necesidad espiritual, no hablo de religión, sino de conciencia de unidad y comunión cósmica que nos vincula con los demás. La espiritualidad tiene que ver con la compasión, colaboración y la comunión como signo de proximidad que debe gestar una transformación de nuestros paradigmas y nuestras visiones de mundo. Así lograremos un cambio civilizatorio. Es una apuesta de unión, reconciliación, de empezar a transitar el sendero que nos conduce a la justicia y a la paz. Yo le apuesto a la ética para cambiar este asunto, y ¿vos te arriesgas a cambiar este asunto?

 

 

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Amo ser maestro, lo tengo todo, es mi vocación

 

Hace cerca de 22 años inicié mi praxis de maestro, tenia una idea muy diferente. En la facultad de educación me hablaban de un deber ser, que hizo que en mí se formará una idea demasiada ingenua del quehacer del maestro. Pensaba que la voz del docente tenia en sí misma una autoridad y que solo bastaba pronunciarse para cautivar a los estudiantes y ampliar su deseo de aprender. Creía que todo funcionaba según uno lo planeaba. Que había una perfecta relación entre el ideal de escuela, de clase, de estudiante, de directivos y la realidad con la que me enfrentaría. Había en mi una ingenuidad en creer que solo bastaba el deseo. En ese momento nunca me hablaron de conflicto, incluso algunos compañeros de clase hablaban de sus experiencias, narraban cosas tan maravillosas, los veía como héroes y un prejuicio se instaló en mi mente: los problemas siempre eran de los profesores anticuados y   retrógrados. Afortunadamente, mis compañeros héroes ya habían superado con sus ingeniosas ideas a estos “anticuados maestros”. Experiencias a las que nuestros profesores en la licenciatura siempre indicaban que la educación tradicional era un problema al que teníamos que vencer con propuestas vanguardistas, revolucionarias. Quería ir, entonces, a los salones de clases para aplicar todas las teorías pedagógicas que había aprendido. Imaginariamente me puse la capa de superhéroe pedagógico.

Bastaron unas pocas horas, semanas para que mi imaginario de ser maestro se derrumbara. No puedo negar que los primeros meses fue una experiencia de choque conmigo mismo. Nada de lo que había planeado, lo pude concretar. Primeramente, porque el colegio donde inicié, no tenia las condiciones, ni los espacios para desarrollar un ejercicio pedagógico como me habían indicado en la universidad. Los videos, imágenes y estrategias presentados por los profesores en la universidad correspondían a realidades sociales completamente diferentes al lugar donde iniciaba mi práctica. Me derrumbé. La comodidad y el estatus que pensé que tendría nunca apareció. Esa imagen del profesor al que todo le sale bien nunca existió. Fue una experiencia dura, pero bonita y con los estudiantes hubo empatía, cercanía y respeto. Sin embargo, no puedo negar que en esas primeras experiencias estuvieron presentes prácticas autoritarias, rígidas y temerarias. Incluso me he preguntado que tanto era respeto y que tanto era miedo que los estudiantes me tenían.  De esta época hay personas que se quedaron en la mente y el corazón, algunos son colegas, espero que, si soy referencia, sea para darse cuenta cuales son los errores que no se pueden cometer. En esta época descubrí una de las situaciones más dolorosas a las que me haya podido enfrentar y es que la educación en muchos campos es una mercancía que solo unos pocos pueden adquirir. Sumado a esto una experiencia dolorosa era ver como el concubinato entre corrupción política y empresas educativas (no creo que se merezcan el nombre de colegios) juegan con los sueños de niños, niñas, adolescentes y jóvenes e impiden una educación digna en especial con las comunidades más vulnerable social y económicamente. Esta época fue una deconstrucción constante y permanente, de aprendizajes muy dolorosos, porque nada de aquello que en la universidad me dijeron que iba a ser mi ejercicio de maestro, se ajustaba a la realidad que estaba viviendo. Confrontaba mi saber y me cuestionaba fuertemente. Buscaba las falencias en las teorías, volvía a los clásicos de la pedagogía tratando de encontrar de nuevos esos ideales. Incluso, me dejé contagiar por momentos de discursos peyorativos contra la escuela, la educación, los estudiantes y los maestros.

Con el tiempo descubrí que el problema no era de saber la teoría, sino de comprender la realidad. Que el problema era el deseo de un mundo educativo perfecto, olvidando que la razón de la educación se encuentra en la dinámica conflictiva de la existencia. Descubrí que hay que mirar la realidad con otros ojos, desde otras perspectivas y desde nuevos lugares de enunciación. Fueron muchas situaciones que experimenté. Muchas personas con las que compartí, de las que aprendí. A través del tiempo pude caminar en diferentes instituciones con personas maravillosas y en cada una fui descubriendo el sentido del pedagogo, es decir el proceso de un caminar, que abre caminos. Descubrí que es en los escenarios de mayor necesidad, conflicto y dificultad donde debe aparecer el carácter y el ser de maestro. La escuela no puede ser neutra ante la injusticia y la desesperanza. La escuela no puede sentirse cómoda y tranquila en una sociedad que juega con el hambre, los sueños y la esperanza de las comunidades. Todo este proceso ha sido un camino pedagógico, espiritual, ético y político. Hoy sigo descubriendo que estoy donde debo estar en la escuela que se hace calle, casa, barrio, vereda, una escuela con rostro, con nombre, con sentimientos. Una escuela que ama, que lucha, que resiste y se transforma. Una escuela a la recurro diariamente con actitud de discípulo porque aún tengo mucho por aprender.

No, no es una tarea fácil. No hablo románticamente. Hablo desde la esperanza. Desde la terca esperanza que se hace liberadora, que se hace transformación. Cada día soy consciente de mis debilidades, me encuentro con más tropiezos, con más dificultades, por eso me exijo y me preparo rigurosamente. Aprendí que mis cursos, mis clases, mis diálogos requieren una profunda y exigente preparación, pero que esta no es un libreto, ni un telepronter, sino que es un espacio siempre dispuesto al análisis crítico, abierto, democrático, propositivo y humano. Es decir, que la escuela requiere rigor, critica y profundidad argumentativa para superar la violencia. Aprendí de un maestro espiritual que “la educación de los pobres, no puede ser una pobre educación”. Esto ha marcado significativamente mi quehacer como una responsabilidad ética y política con mis estudiantes. La educación, por lo tanto, no puede ser una mercancía que se negocia, porque estaríamos negociando e instrumentalizando la vida de personas, comunidades y pueblos.

 Aprendí a ser maestro en la escuela, fui alumno de mis alumnos, de mis compañeros de camino. El aula de clase me transformó y allí comprendí que mi aula es el mundo, que mi quehacer pedagógico no se reduce a un lugar, sino que es un espacio donde se gesta la esperanza, el amor, la lucha, la resistencia y el conocimiento. Aprendí que en la praxis pedagógica no se puede ser fiel a un único modelo pedagógico, sino que cada realidad, circunstancia implica un dialogo integral con diferentes modelos donde prevalece la creatividad y el compromiso de cada maestro y cada maestra. La educación implica estar abiertos a leer en los contextos las necesidades y desde allí adaptar las estrategias, las didácticas y las maneras de interactuar con las personas, las comunidades y el conocimiento.   Desde hace cinco años, he sido llamado a servir en el ámbito directivo. Un nuevo campo de batalla, de aprendizaje, de transformación. Aprender a ser maestro desde la perspectiva de una coordinación exige nuevas comprensiones, es aprender a llevar la escuela en la mente y el corazón. Se aprende a sentir, vibrar con cada propuesta, cada proyecto y cada iniciativa; es aprender a leer el mundo en la sonrisa de los niños y niñas de prescolar, a comprenderlo en las rebeldías de los adolescentes y en las almas enamoradas de los jóvenes. En cada gesto de los estudiantes subyace la esperanza de un mundo mejor, y qué espacio más propicio que la escuela para acompañarlos a construir y hacer realidad sus sueños.

Hoy después de 22 años reflexiono sobre mi practica pedagógica. Me evalúo. Me pregunto si soy digno de ser llamado maestro. No lo sé. Pero de algo estoy seguro, amo ser maestro y aunque pude escoger dedicarme a otras profesiones, oficios muy loables y maravillosos, descubro que solo en la educación encuentro realización. Soy un apasionado con mi ser y quehacer pedagógico. En la educación lo encontré todo, porque aprendí a ver el rostro de Dios en el rostro inocente de los niños y la sonrisa de los jóvenes. He oído la voz de Dios en las comunidades educativas y he sentido su llamado a no renunciar a esa vocación de construir un mundo mejor. No puedo negar que por momentos me he sentido superado en mis fuerzas. Incluso la pandemia me ha hecho sentir que me falta mucho para responder al desafío social y pedagógico que implica la educación. Admiro, las iniciativas que muchos maestros y maestras han desarrollado en este tiempo, y en estas iniciativas creativas, innovadoras, novedosas, alegres descubro el mansaje de amor de Dios a la humanidad. Creo que Dios se ha escondido en el corazón de los maestros y maestras para que los niños se sientan amados, llenos de esperanza y encuentren siempre una palabra alegre que invita seguir adelante.

Por mi parte, aquí estoy compartiendo con mis lectores esta experiencia de vida, no creo que sea un modelo para seguir, no pretende serlo. Tan solo es una invitación construir colectivamente. A comprender que estamos ante uno de los desafíos más importante en las últimas décadas: transformar la educación. Es hora asumamos la reflexión pedagógica, que la voz del maestro que está en el aula sea escuchada con el valor epistemológico que nace de la experiencia. Esa voz que transforma la historia. Esa voz llena de esperanza, que salva vidas, que salva la humanidad. No es momento de desfallecer ante la dificultad, sino que debe ser aliciente para fortalecer el carácter pedagógico del maestro y la maestra que construyen una nueva historia. Esta pandemia debe llevarnos a un cambio civilizatorio y esta debe ser gestada desde la mente y el corazón del maestro que une sus manos con la de sus alumnos y se hace comunidad, se hace humanidad.

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Para pensar la nueva escuela

La vida de la escuela transcurría de manera tranquila, cada día se llegaba al aula y se desarrollaba la práctica pedagógica de manera normal; de repente un virus minúsculo, invisible pero letal irrumpió en nuestra tranquilidad y obligó de manera abrupta asumir una dinámica pedagógica a la que no estábamos acostumbrados.

La primera reacción en medio del asombro, la incertidumbre y el temor fue tratar de responder con los recursos y medios que teníamos a nuestro alcance. Esto desnudó una serie de realidades que nos resistíamos aceptar.

Una de las primeras realidades que esta emergencia develó fue que, aunque la vida es dialéctica y cambiante no teníamos una educación desde la incertidumbre. Estábamos tan acostumbrados a una cierta “normalidad” a la que nos acomodamos de manera rutinaria. Hemos querido invisibilizar el caos, anular el conflicto desconociendo que, en la medida en que no se asuman generan una situación problemática en la vida de las personas.

Es necesario reconocer que los maestros y maestras, con actitud valerosa y firme respondieron a este momento de ruptura y desacomodo. Nadie estaba preparado y menos la escuela, pero la entrega, compromiso y vocación de maestros y maestras hizo que se pudiera asumir el momento, y poco a poco se están generando ajustes y transformaciones para responder cada día de manera pertinente a la realidad de sus contextos. Para muchos es fácil lanzar un juicio sobre las falencias y dificultades que la escuela evidenció, pero cómo nos cuesta reconocer que el quehacer de maestros y maestras adquiere hoy un papel trascendente e importante, no por su dimensión epistemológica, sino por su trabajo con sentido de humanidad, por alimentar la esperanza. Es decir, que hoy la pedagogía adquiere su relevancia en el acompañamiento dialógico, humanitario fundado en el amor y el cuidado. Junto al personal médico, los maestros tienen hoy una profunda responsabilidad, porque los médicos están protegiendo, cuidando y salvando vidas; y los maestros y maestras están salvando la humanidad con su palabra pedagógica siempre creadora, sensible llena de proximidad.

En estos momentos, después de cinco meses, estamos pasando y asumiendo el momento sorpresivo; las universidades terminaron el semestre y se preparan para iniciar uno nuevo. Algunos colegios terminaron el año escolar (calendario B) y graduaron a sus bachilleres; otros (calendario A) están en la mitad del año, preparándose para afrontar la otra mitad. Durante, este tiempo se ha suscitado una discusión acerca del retorno a clases presenciales; el Ministerio de Educación ha propuesto un modelo de alternancia, el cual presenta dificultades para su implementación en la mayoría de las instituciones públicas y privadas. Todos coincidimos en la importancia de la presencialidad y si las condiciones fueran las idóneas, seguramente ya estaríamos en las aulas desarrollando nuestra praxis pedagógica de manera presencial. Sin embargo, en este momento no hay condiciones para este retorno.

Ante la propuesta de alternancia se hace necesario indicar que pareciera que el problema es únicamente de protocolos de bioseguridad. Lógicamente esta es una preocupación que no se puede ignorar, pero la escuela no puede quedarse únicamente en protocolos técnicos, sino que debe considerar profundamente la dimensión política, ética y pedagógica, es decir, que no se puede analizar el retorno a clases presenciales de manera simplista. Esta es una preocupación compleja que exige que se revisen las condiciones para el cuidado de la vida unida a las condiciones pedagógicas y sociales para el ejercicio de su praxis escolar. Por eso, es menester preguntarse ¿Cuáles son los criterios que debe considerar la escuela para el desarrollo de la praxis pedagógica en los procesos de retorno a clases presenciales? Esto sugiere, que poco a poco que vamos asumiendo esta pandemia de manera sosegada, se vaya pensando en la pertinencia del currículo actual, los procesos evaluativos, las interacciones en la escuela y las dinámicas relacionales. Incluso, cuánto tiempo nos tomará un retorno total, es decir, cuánto tiempo demorará encontramos, nuevamente todos en la escuela.

Me inquieta que solo se piense en procesos técnicos de bioseguridad, obviando una reflexión sobre la acción pedagógica, por lo que deseo provocar una dialogo abierto, respetuosos y fraterno, preguntando y suscitando un debate en torno a ¿cuál es la idea de escuela que se debe pensar para el ejercicio de la praxis pedagógica después de la pandemia?

Para iniciar esta reflexión deseo proponer 10 desafíos para pensar una nueva escuela:

1. Pasar de la asistencia a la existencia.
2. Pasar del activismo a la praxis.
3. Pasar de las certezas a las incertidumbres
4. Pasar de las enseñanzas a los aprendizajes.
5. Pasar de la fragmentación a la integralidad.
6. Pasar de la calificación a la evaluación.
7. Pasar de la heteronomía a la autonomía
8. Pasar de las respuestas a las preguntas
9. Pasar de la tarea a la vida.
10. Pasar de la competencia a la proximidad

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La poesía se hizo resistencia, se hizo lucha y…el Verbo habitó entre nosotros.

Durante la cuaresma de 1994 me disponía a mi retiro espiritual para la celebración de la Pascua. En aquella oportunidad pude orientar mi meditación con un texto profundo, místico, ético y político, escrito por Pedro Casaldáliga y José María Vigil, que desde la primera página me atrapó por la confrontación que hizo de mi praxis humana y cristiana. El prólogo escrito por Ernesto Cardenal dejaba ver tres cosas fundamentales de la obra: poesía, espiritualidad y liberación que confluyen como lo indica Cardenal en una “contemplación en la acción liberadora. En la realidad y en el presente. En la cambiante coyuntura de nuestros pueblos. Es una contemplación, como acertadamente se dice en este libro, «con la Biblia y el periódico». Contemplación basada en el análisis de la realidad. Y también contemplación comprometida“. Es decir, una mística comprometida con la realidad del pueblo sufriente, para trabajar en la construcción de la Patria Grande, donde todos seamos hermanos unidos en la construcción de un mundo más justo. Esta praxis no es posible sin una “Espiritualidad de la Liberación”, por eso, no podía tener un mejor nombre que este, tal como lo deja ver Don Pedro Casaldáliga en la presentación que hace de este hermoso texto.

Al sumergirme en cada uno de los capítulos del libro tuve la oportunidad de comprender la implicación de una mística liberadora, aprendí que corremos el riego de reducir nuestra experiencia de fe, a un ritualismo vacío, que coloca toda relevancia en un fanatismo que segrega, condena y excluye. El peligro de una religión sin espiritualidad es que no permite la liberación. Sin embargo, una de las situaciones que me marcó profundamente de esta obra, radica en la forma en la que el autor la describe. La presentación es una oración poética, tal vez un salmo latinoamericano que recoge el sentir y la realidad del pueblo sufriente. Don Pedro Casaldáliga, siguiendo el camino del poeta y maestro de la espiritualidad clásica como lo es Juan de la Cruz, nos propone un camino de espiritualidad latinoamericana. Si Juan de la Cruz nos invita a “subir y bajar del monte Carmelo”, Casaldáliga nos propone “subir y bajar de Machu Pichu” y porque no subir o bajar de los Andes latinoamericano que recoge el rostro del pueblo sufriente y oprimido, de los que se habla en las Conferencias de Medellín y Puebla, y que invitan a construir una comunidad cristiana desde una espiritualidad liberadora, tal como lo expresa el autor: “En clima latinoamericano y a la luz de esos concilios tan nuestros -a la luz y por las urgencias del Evangelio y de sus pobres que llenan la vida y la muerte de nuestros Pueblos y la pastoral y el martirio de nuestras Iglesias-, uno se atreve a componer poemas de espiritualidad y a glosarlos libremente. A nuestro propio aire, al Viento del Dios Vivo y de los tercos Andes. Con la libertad que el Espíritu nos da en la ancha pluralidad fraterna de esta única espiritualidad nuestra que es la espiritualidad de Jesús de Nazaret”.

Este salmo que escribe Don Pedro Casaldáliga, dedicado a Gustavo Gutiérrez,  es a la vez una descripción detallada de cada uno de los capítulos, donde a través de una narración viva, orante nos invita a la meditación de nuestra práctica de fe y al compromiso sociohistórico que esta tiene, en especial en el contexto de América Latina. Cada línea de este salmo es un grito profético por los pobres de la tierra que exige nuestra coherencia de fe, para que se constituya en praxis transformadora y liberadora:

Si cedéis ante el Imperio

la Esperanza y la Verdad

¿quién proclamará el misterio

de la entera Libertad?

 

En este verso, se recoge toda una cristología. Una visión de Jesús, de aquel hombre libre y liberador. Aquel maestro que no se dejó atrapar en los populismos y criticó fuertemente la ley que impide a los hombre, mujeres, niños y niñas vivir en libertad. Esta actitud liberadora solo es posible desde una profunda espiritualidad que permita la coherencia con la causa del Reino, esa misma que ayuda a comprender el misterio pascual, es decir, esa espiritualidad que nos lleva a experimenta la cruz y la resurrección. La pascua, ese triunfo sobre la muerte es una tarea de la comunidad cristiana que asume la espiritualidad liberadora como ethos fundante de su fe. No es posible una praxis cristiana que no se comprometa con transformar los escenarios necrófilos que amenazan al pueblo. En este sentido, Don pedro Casaldáliga nos invita vivir la fe con la coherencia del Reino, esa misma que permitió a Jesús anunciar la Buena Nueva a los pobres “Sin ceder ante ningún poder y contestando todos los ídolos que dominan a las personas y todos los imperios que sojuzgan a los pueblos. Si ella, la Iglesia, que es hija de la libertad del Espíritu, vendaval de Pentecostés, cede ante algún imperio -como tantas veces cedió-, «¿quién proclamará el misterio / de la entera Libertad?», ¿quién le dirá la verdad a Pilatos, a Anás o a Herodes?, ¿quién sostendrá la esperanza, tan golpeada, del Pueblo?” Es decir, esta iglesia del Reino solo es posible desde una espiritualidad liberadora, porque solo quien es libre puede gestar procesos comunitarios de liberación.

Esta espiritualidad liberadora, entonces, no es una actitud aislada de la realidad. No es una práctica solipsistas reducida a una actitud estática que solo se limita a una oración ensimismada y aislada del rostro del otro y de la otra. Esta espiritualidad compromete la acción, no es un discurso que se limita al proselitismo de ideas sin un lugar en la realidad, ni mucho menos un placebo social, sino que la praxis exige la transformación de la realidad de injusticia, miseria y opresión. Una práctica cristiana desde la propuesta del Reino se concreta en la acción transformadora de las situaciones de injusticia, por eso es praxis, porque “creemos que hay lugares donde la única manera de decir liberación -por ejemplo- es hacerla. Y deberíamos creer que, de alguna manera, en todos los tiempos y en todos los lugares la única manera de decir es hacer” y esto solo es posible desde la Encarnación del Verbo, esa Encarnación que no se limita a un momento, sino a un proceso existencial en la vida de Jesús, un proceso histórico que acontece en aquellos comprometidos con la realidad social y que permite comprender que el sentido de la misión liberadora de la comunidad cristiana no es otra que la instauración del Reino de Dios, es decir, que “la encarnación no es un momento, sino un proceso, historia. Es toda la vida de Jesús la que es un «proceso» de encarnación. No es simplemente el momento de la anunciación a María. «Crecía en edad, sabiduría y gracia, delante de Dios y de los hombres» (Lc 3, 40). En el taller de José, en el desierto, en la tentación, en la oración, en la crisis de Galilea, en la oscuridad de la fe… En Jesús Dios se hizo proceso, evolución, historia” y la espiritualidad de la liberación permite que ese verbo se haga carne, se haga comunidad, se concrete en la vida de cada uno de los que asumimos la causa del Reino.

En Espiritualidad de la Liberación Don Pedro Casaldáliga y José María Vigil nos llevan en cada uno de estos capítulos a un camino de mística latinoamericana, de esa que se emerge de la opción preferencial por los pobres, de esa que nos permite ver el rostro de Cristo en el pueblo obrero, campesino, indígena. En el seno del pueblo pobre, Cristo se encarna hoy y se hace voz profética como Casaldáliga, quien hizo vida la misión e hizo de la misión una vida mística, espiritual y liberadora. Esa misma que brota de una espiritualidad como praxis del Reino, que la asume como opción fundamental. Para la espiritualidad liberadora, entonces, la centralidad de su praxis está en el Reino Dios, en ella se encuentra el fundamento de la misión eclesial, que al ejemplo de Jesús nos invita a vivir en función del Reino, porque “Jesús no fue lo absoluto para sí mismo. Jesús no se predicó a sí mismo como el centro. Esto es hoy claro al nivel de la exégesis y de la cristología. Jesús mismo es relacional: «a Jesús sólo se le puede comprender a partir de algo distinto y mayor que él mismo, y no directamente en sí mismo»”, es decir, del Reino de Dios.

Por eso hoy, cuando la vida de Don Pedro Casaldáliga ha emprendido su viaje a la eternidad, su ejemplo, vida y palabra nos quedan como testimonio de la espiritualidad de la liberación que se hizo praxis, que se hizo Reino de Dios en medio de los pobres. Fue él quien en aquella histórica carta a Juan Pablo II clamaba por una Iglesia pobre que asumiera un compromiso concreto con la historia sufriente de los pueblos. En esa carta llena de fraternidad y proximidad narra con detalle lo que había tenido que asumir por ser fiel al evangelio y como había resistido a las fuerzas de una dictadura militar que amenazaba su estadía en Brasil y su vida, pero sobre todo, era una carta con tono profético que denuncia, aún hoy, esa cómoda vida canónica en Roma a la que le cuesta comprender la vivencia del evangelio en escenarios de pobreza, opresión y sufrimiento. Por eso con una profunda palabra de hermano en la fe confronta la coherencia de vida eclesiástica sin un compromiso por los más pobres: “En lo que se refiere al campo social concretamente, no podemos decir con mucha verdad que ya hemos hecho la opción por los pobres. En un primer lugar, porque no compartimos en nuestras vidas y en nuestras instituciones la pobreza real que ellos experimentan. Y, en segundo lugar, porque no actuamos, frente a la «riqueza de la iniquidad», con aquella libertad y firmeza adoptadas por el Señor. La opción por los pobres, que no excluirá nunca a la persona de los ricos –ya que la salvación es ofrecida a todos y a todos se debe el ministerio de la Iglesia- sí excluye el modo de vida de los ricos, «insulto a la miseria de los pobres», y su sistema de acumulación y privilegio, que necesariamente expolia y margina a la inmensa mayoría de la familia humana, a pueblos y continentes enteros”.

La prosa poética de Don Pedro Casaldáliga era una predicación profética y misionera que invitaba a comprometerse comunitariamente con los más débiles y vulnerables. Fue él, un profeta que caminaba descalzo en tierra roja, y que denunció durante años la opresión y la injusticia. De él aprendí, que no puedo ser cristiano alejado de los que sufren, que no puedo ser cristiano sin comprometerme con una causa por la que valga entregar la vida, que no puedo ser cristiano sin trabajar por el Reino de Dios, es decir que no puedo ser cristiano y no comprometerme políticamente. Aprendí que la coherencia del evangelio exige actuar en contracorriente en un mundo de injusticia, opresión y muerte. Hoy más que nunca quedan grabadas sus palabras que comprometen mi vida de fe “Me llamaran subversivo, Y yo les diré: lo soy. Por mi pueblo en lucha, vivo. Con mi pueblo en marcha, voy”. No se puede ser neutro frente a la injusticia. El evangelio no adormece, sino que compromete. Y en la vida de Casaldáliga la subversión se hizo poesía, comunidad y evangelio vivo que manifiesta esa espiritualidad liberadora «Tengo fe de guerrillero y amor de revolución. Y entre Evangelio y canción sufro y digo lo que quiero…»

 Su poesía es una salmodia latinoamericana. Y ante esto debo confesar que he hablado como ese ser humano que se queda con la profunda tristeza de no haber podido conocer en persona a un Santo que ha encarnado el Reino de Dios. Quería verle con su mitra, anillo y báculo, esos mismos que se hicieron pueblo en comunión y compromiso liberador. Hoy solo me queda repasar su poesía, su espiritualidad y su testimonio. He hablado como una persona que desea vivir el evangelio y asumir la espiritualidad liberadora, militante y mística. Pero si mi lenguaje te parece muy religioso, te invito a leerlo como uno de los poetas más brillantes, que nació en España, pero se hizo latino, se hizo Brasil, se hizo pueblo, se hizo esperanza y así la poesía se hizo resistencia, se hizo lucha y…el Verbo habitó entre nosotros. Lo único que sé es que, si lo lees como teólogo, poeta o político, no importa desde que mirada quieras leerlo, siempre te encontraras con una vida y palabra que confrontan la existencia. No podrás pasar indiferente, porque su vida y obra comprometen a cualquier ser humanos con los pobres de la tierra.

Don Pedro Casaldáliga, gracias por su poesía hecha vida, por su compromiso con el Reino de Dios, por su testimonio de lucha, entrega y resistencia. Gracias por su teología liberadora que se hizo vida. Gracias por su opción preferencial por los pobres. Gracias por permitirme comprender la espiritualidad de la liberación y saber que lo único absoluto es la causa del Reino. Hoy celebramos tu pascua, unida a la de Cristo pobre y obrero que resucita en la justicia y el amor por los más pequeños y olvidados. A mis amigos claretianos un saludo de proximidad Y todo el episcopado latinoamericano que contemplen en la figura de Don Pedro Casaldáliga el ejemplo de ser pastores, que puedan caminar descalzos en tierra roja y sean obispos según el corazón de Dios.

Hoy, al releer tu obra, vuelves a confrontar mi praxis de fe, porque tus palabras Don Pedro Casaldáliga, cuando señalas que “Nadie puede salir defraudado en un encuentro con un cristiano” me siguen confrontando, como hace 26 años, y me comprometen a ser coherente con el Reino, espero poder hacer vida el evangelio y ser coherente con la propuesta de la espiritualidad liberadora que usted nos predicó, esa misma que usted vivió en São Félix do Araguaia, MT, Brasil.

Ociosidades

No quiero que encarcelen a Uribe

 

Desde hace varios meses se viene debatiendo en redes acerca del llamado de la Corte al senador y expresidente Álvaro Uribe Vélez. Ante esto, aparecen voces que celebran el llamado y desean verlo preso; por otro lado, aparecen voces reaccionarias que defienden la inocencia del senador y hasta invitan a unirse en armas para defender el líder del Centro Democrático. Este debate en redes permite ampliar el espectro de participación de quienes acceden a estas. Sin embrago, el debate y la discusión en la mayoría de los casos, se hace de manera superflua, acalorada y con un apasionamiento que se distancia de la racionalidad democrática y no permite el consenso que respete el disenso.

 

No tengo nada personal con el senador Uribe, por eso ante la pregunta reiterada que se me hace, manifiesto que tenemos que dejar de ver los procesos judiciales como escenarios vengativos. Igualmente, la cárcel debe superar esa visión inquisidora. La cárcel existe como un medio de resocialización y si se toma como un aparato de tortura y castigo, significará que no hemos aprendido nada en el desarrollo de la justicia. Lo que deseo expresar es que, si el proceso contra Álvaro Uribe Vélez está basado en la venganza y no en la justicia, entonces, no quiero que encarcelen a Uribe, porque no habrá espacio para un ejercicio serio, transformador de las situaciones que generan injusticia y violencia. Pero si este proceso sirve para que el aparato judicial se consolide desde una práctica equitativa, donde no solo se les aplica a los de ruana, sino que sirve para actuar coherentemente, donde se muestra que nadie tiene privilegio de trasgredir la norma y quien se le evidencie con pruebas reales y testigos verdaderos que  ha cometido delitos, entonces, todo ciudadano sea quien sea, debe responder y acatar la pena que la justicia le imponga así se llame Álvaro Uribe Vélez.

Sumado a esto, quienes piden la sangre y cárcel para Uribe como medio de expiación de sus pecados, se hace necesario que se comprenda que reducir la justicia al escenario carcelarios es una visión simplista, que en mucho caso termina premiando al culpable de los delitos. Si la Corte encuentra culpable al senador Uribe, espero que más allá de la asignarle una celda, que seguramente será una guarnición militar,  se asegure de la manera en la que va a reparar a las víctimas,  de cómo asumirá los procesos de restauración de las relaciones y divisiones que en el país ha generado. Un proceso judicial contra cualquier ciudadano que haya cometido delito, antes que condenarlo a una cárcel, se debe asegurar la reparación integral de aquellos que han sido lesionado con sus actos. El sistema carcelario y el aparato de justicia deben actuar garantizando la dignidad y la protección de las víctimas, asegurarse que estas reciban la restauración de los derechos vulnerados. Que las familiares encuentren en la verdad una expresión de justicia. Debemos dejar de ver la cárcel como un escenario de suplicio para que responda a su finalidad resocializadora.

Esta es una oportunidad privilegiada para que la Corte y el aparato judicial recupere la credibilidad que necesita un país ávido de paz y reconciliación. Independiente de las voces y las presiones políticas debe aquí sacar el talante democrático que permita construir confianza y consolidar justicia. El proceso contra Álvaro Uribe Vélez no debe verse como un acto personal de pedir su cabeza para saciar la sed de venganza, sino como un ejercicio de claridad y justicia que nos permita confiar en las instituciones. Si el senador es culpable que asuma la responsabilidad que le corresponde, no por ser Álvaro Uribe Vélez, sino porque es un ciudadano que ha cometido una infracción la ley y atentó contra el bienestar de la comunidad. Incluso su rol de senador y expresidente debe darle mayor responsabilidad moral de respeto a las instituciones y no lo contrario.

 Limitarse a pedir cárcel solo por venganza hará que el culpable se transforme en héroe y mártir lo que radicaría su imagen mesiánica, pero si se actúa en justicia integral y reparadora, seguramente el misticismo religioso que le envuelve se desvanecerá y aparecerá el ser humano que no tiene porque tener privilegios ante la justicia.