La verdadera democracia está en la sala de espera
Nada más igualador que una sala de espera. Ahí se acaban los apellidos compuestos, las tarjetas gold, los doctorados en Harvard y las biblias debajo del brazo. Porque cuando el cuerpo empieza a fallar —y falla sin clase social— todos quedamos igual de humanos: un bulto sudoroso con cita a las 9 que ya va para el mediodía.
Ahí nadie tiene secretos. Una señora que no te conoce te susurra que tiene un flujo “raro”. El señor de corbata, que seguramente es gerente de algo, confiesa que lleva tres días sin orinar derecho porque tiene la próstata como una chirimoya y sospecha que algo “le colapsó por dentro”. La muchacha bonita revela que algo le salió “ahí abajo” después de una noche loca y todos asentimos con solidaridad clínica. No juzgamos: diagnosticamos. Sin título, sin estetoscopio, pero con años de experiencia escuchando desgracias ajenas.
En la sala de espera se habla más de enfermedades que en una clase de medicina interna. Colon irritable, hígado graso, hongos que viajan, úlceras nerviosas y almorranas, enfermedades con nombre propio: culebrilla, descuajo, soplo, rezao y miles más. Hay un máster colectivo en males compartidos.
Las salas de espera son el verdadero congreso del pueblo: hombres, mujeres, evangélicos, ateos, camioneros, influencers, viejitos de pensión y señoras que venden tapabocas en semáforos. Todos contando sus males, todos mirando esa puerta que no se abre, como si allá adentro estuviera el Mesías, y no el médico que ya lleva tres pacientes tomándose el tiempo.
Uno entra sano y sale hipocondríaco perdido:
• Uy, ¿y si lo mío también es eso del señor que ve lucecitas y huele a pecueca?
• ¿Y si esa manchita que me salió será cáncer de los silenciosos?
• ¿Y si lo de la rasquiña no es alergia sino brujería?
La democracia en Colombia existe, señores. Tiene sillas plásticas que se pegan a la piel, revistas de farándula del 2014 y un televisor sin volumen que siempre pone Animal Planet, como si eso ayudara. Ahí todos valemos lo mismo: pura dolencia con cédula y EPS.
Todos los que acudimos a ellas nos preguntamos entre nosotros mismos: ¿Te acordás cuando daban los medicamentos completos y a tiempo?
Ñapa: ¿Quiere saber de remedios naturales, yerbas que curan desde el empacho hasta el mal de amores, sobadores de huesos rotos y curanderos que ven el alma por la pupila? Vaya a una sala de espera. Ahí la sabiduría médica popular se transmite mejor que en Wikipedia.
Ñapita: Cuando me preguntan por qué los colombianos aguantamos tanto sin armar revolución, les digo: váyase una semana a la sala de espera de una EPS. Si ahí uno no se prende fuego, ya no se prende nunca. Eso forma carácter. Ese suplicio doma hasta el más fiero león, es una verdadera escuela de sumisión.
Ñaputa: Bochinche final de sala de espera: a las monjas también les da rasquiña. Y no es en el alma.


