Con la decisión intempestiva de desescolarizar a los niños, niñas, adolescente y jóvenes, llegó una exigencia a los maestros-maestras y agentes pedagógicos de mantener los procesos curriculares de las escuelas y universidades. Esto ha desatado el boom de las tecnologías y a velocidades vertiginosas nos ha tocado ir ajustando y recreando los programas, estrategias, propósitos y procesos que habíamos planeado desde el inicio. Sin duda alguna, en el acelere y afán de cumplir con las exigencias del Ministerio de Educación, se cometieron un sinnúmero de errores, lo que ha desatado las críticas de estudiantes, padres – madres y de algunos sectores de la sociedad que ven en los maestros y maestras los únicos culpables de las debilidades del sistema educativo. Una comprensión muy simplista, para una problemática tan compleja. En lo personal, considero que esta crisis debe hacernos, como sociedad, conscientes de que la educación está viviendo uno de los mayores desafíos en la historia.

No quiero quedarme en describir lo que ya todos sabemos: que no estábamos preparados ni tecnológica, ni logísticamente para afrontar los procesos pedagógicos a través de la virtualidad o de estrategias TIC. Las razones son infinitas desde un desinterés estatal, hasta la resistencia para transformar las prácticas de aula. Lo cierto es que desde hace unos días hemos tenido que pasar de la tiza al mouse. Prefiero compartir una lectura que he venido haciendo, desde hace algún tiempo y que hoy considero pertinente presentarla, de tal manera que nos permita dialogarla, reflexionarla y debatirla con mirada crítica y transformadora.

La educación encuentra su carácter y sentido en los momentos de crisis. Es así como la escuela responde a las necesidades propias de su tiempo y en ellas los maestros- maestras como seres sociohistóricos afrontan las dialécticas propias del momento y lugar que les corresponde. Este compromiso ético-político se recoge muy bien en el documental “Las Maestras de la República”, dirigido por Pilar Pérez y ganador del Goya (2013), el cual plantea el reclamo social y trasformador de la praxis pedagógica hacia una educación libre, abierta, democrática y justa.

Este documental plantea cómo la llegada de la República supuso un cambio radical con relación a la comprensión de escuela y la practicas escolares del momento. En él, se recoge la idea de una escuela no como un lugar al que se va a recibir clases, sino como un espacio de resistencia social y de transformaciones históricas. Esta resistencia política tiene como lema “ más escuelas y mejores maestros”, buscando consolidar los principios de una escuela pública y democrática, lo que obligó al Estado a construir más escuelas y al fortalecer la formación de maestros. Pero uno de los elementos que resalta el documental, es el papel trascendental de la mujer como creadora de la historia y gestora de mundos posibles en equidad y justicia.

Asistimos a un momento crucial de la historia, donde se nos plantea un desafío similar, de comprender la educación desde otra dimensión. Sabemos que los cambios sociales siempre generan incertidumbre, desconcierto y resistencias. Por eso, este momento es privilegiado, para que la escuela alce la voz profética, denunciando aquellas situaciones y condiciones sociales, políticas y económicas que impiden que se le comprenda como agente de cambio y transformación política. Pero también es un momento oportuno para mantener la esperanza de una sociedad critica,
democrática y participativa. Es así como se debe superar la idea de escuela del panóptico: controladora y normalizadora. El sentido de la escuela no está en la normalización y el control, ni se puede reducir su misión a un asunto exclusivamente epistemológico. Sino que como lo plantea Freire, la escuela es un campo de transformación social, cultural y político, es decir que “La educación verdadera es praxis, reflexión y acción del ser humano sobre el mundo para transformarlo” lo que exige comprender la escuela como un espacio ético-político, esperanzador y
transformador, que supere la idea de servicio, mercantilizado y excluyente.

El problema, entonces, no es si tenemos o no tecnología, sino la manera como comprendemos la educación y con ella el rol de la escuela y de los maestros-maestras. El problema no es si tenemos las condiciones o no, sino como vamos a resistir para transformarlas. Esto implica la esperanza, la utopía, que motiva a caminar como señalaba Eduardo Galeano, para crear y recrear las condiciones que posibiliten la justicia social a partir del encuentro abierto, simétrico y democrático. Ha habido una incapacidad de comprender la educación como acontecimiento existencial, limitándola a una visión reduccionista desde la centralidad de las tareas, actividades y resultados, que ha llevado a un activismo desgastante, alienante y esnobista de la escuela, que lleva ocupar a los estudiantes, en ocasiones innecesariamente, desconociendo el valor de ocio como espacio de reflexión sobre los sentidos de vida. Esto ha llevado a configurar una educación industrializada, organizada bajo los parámetros de la producción y la economía como lo señalaba
Estanislao Zuleta.

La educación, en este momento, nos está exigiendo comprenderla desde una dimensión más humana, sensible y critica, que se comprendida como un espacio político siempre abierto, dialéctico dialogante y democrático, que nos permita pasar del activismo escolar a la praxis pedagógica, en palabras de Freire “Necesitamos una educación para la decisión, para la responsabilidad social y política” comprendiendo que la escuela no es un lugar, sino un espacio donde acontece la vida y se transforma, es por eso que este momento es una oportunidad privilegiada para la comprensión del mundo y a través de su mediación aprender a leer las letras como señalaba Freire.

Así las cosas, la problemática no está en la tecnología, sino en las relaciones como asunto esencial en la dinámica pedagógica, porque “Nadie educa a nadie, nadie se educa a sí mismo, los hombres se educan entre sí con la mediación con el mundo” (Freire). Esto me lleva a reconocer como maestro una parte de responsabilidad en la crisis pedagógica que estamos afrontando y recibo con cariño las críticas que se han hecho contra los maestros y maestras en las redes sociales. Muchos compañeros y compañeras, así como estudiantes y padres-madres de familia disentirán en lo que voy a decir, por lo que quedo abierto al dialogo.

Asumiré la responsabilidad en dos sentidos: i) hemos sido tan protectores con los estudiantes, que nos faltó posibilitar el desarrollo de la independencia y autonomía en los procesos pedagógicos, a tal punto que hoy que están en casa, no saben qué hacer, y están limitando el aprendizaje a un recurso tecnológico. Es decir, reconozco que hemos hecho una educación -para- y no con -el- estudiante, no les hemos permitido asumir la responsabilidad en sus decisiones. Es decir, que no hemos generado un proceso pedagógico orientado a la liberación. Y, ii) Los maestros no
hemos resistido lo suficiente políticamente, para resignificar nuestro lugar histórico y social. No olvidemos que Freire dice que la reivindicación laboral de los maestros pasa por lo pedagógico, en este sentido hemos permitido que se piense, que la escuela y los maestros somos los únicos responsables de las problemáticas educativas, reduciendo la escuela a un lugar donde se guardan niños, mientras sus padres trabajan; y la universidad se ha comprendido como una fábrica productora de profesionales en serie para suplir las necesidades del mercado, perdiendo toda su
dimensión social, ética y política. Por eso, hoy más que nunca, y esta circunstancia nos lo exige, se deben resignificar el sentido y compromiso del quehacer pedagógico como Praxis Política. Hay que pensar un nuevo ethos pedagógico que oriente nuestra práctica desde una mirada más abierta, crítica, sensible, compasiva y humana. Pero ante todo un ethos que configure una educación libre y liberadora.

Esta coyuntura nos debe llevar como sociedad a pensar en una nueva concepción pedagógica, no tanto como ruptura, sino como superación de prácticas históricamente excluyentes, injustas e insensibles centrada en los contenidos y en la absolutización de la razón. Hay que configura una educación que valore más la vida, que los contenidos; donde se comprenda el mundo como un aula y su realidad como la tarea principal para la transformación. Esto significa que la
calle, la casa, el barrio son espacios que aparecen como posibilidades para el aprendizaje, esto requiere pensar en una escuela que supere las prácticas históricas de una educación bancaria centralizada en un lugar. En este sentido, estoy seguro de que los maestros y maestras no van a ser remplazados por la tecnología, pensar esto sería tener una visión reducida del papel trascendental del pedagogo. Además, porque el quehacer del maestro y de la maestra no es una transmisión de contenidos, sino que su praxis tiene que ver con la responsabilidad sociohistórica de gestar proceso
de transformación. Por eso se ha dicho insistentemente que “ Un país que no valora a sus maestros no valora su futuro”.

Los maestros no somos un instrumento del sistema, sino que somos fuerza, unidad y signo de resistencia, de transformación de este. Hoy reconozco la praxis de los maestros que, en estas circunstancias están acompañando, por todos los medios posibles, la vida de los niños, niños, niñas, jóvenes y sus familias, con una palabra pedagógica llena de esperanza y de humanidad, es decir, una palabra que es creadora y liberadora. Reconozco la entrega de maestros y maestras, que, a pesar de la injusta crítica social, siguen apostando todo por una sociedad más equitativa y justa. Valoro el quehacer de esos maestros y maestras que están transformado la realidad, porque “leen con los
niños lo que escribió un tal Machado que anduvo por estos vagos antes de ser exilado (…)Les habla de lo innombrable y de otras cosas peores. Les lee libros de versos y no les pone orejones. Al explicar cualquier guerra Siempre se muestra remiso por explicar claramente quien venció y fue vencido”.

No podemos, por lo tanto, dejar pasar este llamado a transformar la historia, no podemos ser inferiores a la responsabilidad que hoy tenemos. Debemos actuar con la actitud ética del pedagogo que está siempre dispuesto al aprendizaje, al cambio. Este es el momento que habíamos soñado para una educación integral, dialéctica, que asumen la incertidumbre, y que responde con valentía al desafío histórico que le se le convoca. No dejemos pasar este llamado de construir una nueva sociedad.