Es frecuente encontrarse en las redes sociales comentarios preguntándose ¿en dónde está Dios en este momento? Incluso aparecen algunas expresiones irónicas o sarcásticas donde se burlan de quienes profesan una fe en Él. Algunos creen haber encontrado la prueba de su inexistencia. Al otro extremo, están quienes se han volcado a los libros sagrados para tratar de extraer citas descontextualizadas y tratar de encontrar en ellas, en especial en el Apocalipsis, una lectura trágica o un castigo divino anunciado en estos pasajes. Estos profetas del miedo, el terror y la culpa ponen en jaque nuestra paz y tranquilidad.

Querer encontrar culpables metafísicos de nuestras realidades humanas, es evadir nuestra responsabilidad social, ética y política. La vida tiene su propia dinámica y debemos adaptarnos a ella, dejando la arrogancia antropocéntrica de querer controlarlo todo. El pretender dominar la vida nos ha llevado a la injusticia y este es el reclamo que hacen los Profetas en el Antiguo Testamento, y el llamado que en los Evangelios hace Cristo, al proponer el Reino de Dios como una praxis de justicia, solidaridad y amor.
Pero ¿en dónde está Dios en este momento? Dios sigue estando en el mismo lugar de siempre, en el corazón de la comunidad. Está llamándonos a la unidad y a la transformación de aquellas realidades de injusticia, miseria y opresión. La pobreza, las muertes de niños sin hospital no son responsabilidad de Dios, sino del egoísmo encarnizado en el corazón de los seres humanos. La peor pandemia es el desamor que nos lleva a dividirnos. La peor tragedia de la humanidad es haber puesto la economía, el dinero por encima del ser humano.
Dios nos ha dado la voluntad para decidir, por eso, aunque condicionados no estamos predestinados y podemos cambiar la pandemia de la desunión, del desamor y del egoísmo. Pero esta transformación es comunitaria, que es la mayor manifestación de Dios. La pregunta entonces no es ¿Dónde está Dios? Si no, si somos conscientes que Dios camina con su pueblo, haciéndose comunidad. Que se hace presente, no en el Dios mío, sino en Padre nuestro. En este sentido, hay que decir que los templos se han cerrado, para que renazca la Iglesia; para redescubrir que Dios está en las pequeñas comunidades indistintamente de la denominación. Es la hora de redescubrir que Cristo se hace comunidad, para hacerse presente, hacerse alimento, haciéndose comunión. Pero también es un momento de descubrir que nuestra familia, más allá de estereotipos sociales, es aquel espacio donde hay amor, unidad y fraternidad, porque allí está Dios.
Hoy es un momento para descubrir a Dios actuando a través de las personas que se entregan al servicio de los demás, de las personas que nos cuidan cada día. Es un momento oportuno para ver el rostro de Dios en las personas que nos alegran el corazón, en la mirada tierna de los niños y en las sonrisas de las personas que amamos y nos aman. El mayor milagro hoy que romper la desunión y que está pandemia se frena con un esfuerzo comunitario.
¿Dónde está Dios? Dios está haciéndose presente en la unidad familiar y social sanándonos de las enfermedades más peligrosas: el egoísmo y la injusticia.