Por: Rubén Darío Valencia
El Presidente Gustavo Petro no deja de sorprendernos con sus posturas francamente demenciales y por ello necesariamente ridículas. Sus declaraciones sobre Jesucristo en el marco de un evento con la Alcaldía de Bogotá, contando una historia de amor y sexo con su discípula María Magdalena (¡Dios santo!), no solo son una provocación innecesaria al alma creyente de Colombia, sino una degradación grosera y deliberada del discurso público y una muestra alarmante de cómo el poder, cuando se combina con ignorancia rampante y cultivado narcisismo ideológico, puede convertirse en un instrumento de burla contra la verdad histórica.
Presentar a Jesús, el Dios encarnado que nos hace visible al Dios invisible, como un personaje sexualmente libertino, insinuar una relación rosa y carnal con María Magdalena y expresarse con vulgaridad sobre su vida íntima no es irreverencia creativa ni pensamiento crítico como él lo cree y lo aplaude su ‘iglesia’. Es, con toda pena, chabacanería hirsuta envuelta en autoridad presidencial.
Señor Petro: No existe, ni ha existido jamás, base bíblica, histórica o académica para semejantes afirmaciones (¿de dónde las sacó? ¿Se lo enseñó acaso el ‘pastor’ Alfredo Saade?). Ni los Evangelios, ni los textos cristianos primitivos, ni la historiografía moderna, ni siquiera la más crítica y secular, sostienen semejante fantasía que usted decidió exponer como si fuera una intuición profunda de un gnóstico ilustrado. La tesis ni siquiera es audaz o revolucionaria, es sencillamente falsa. Y su repetición desde el atril del oficio institucional no la vuelve provocadora, sino maligna, como casi todo lo suyo, porque normaliza la mentira como opinión legítima.
Pero el problema de fondo no es Jesús. El problema es Gustavo Petro. Porque cuando un gobernante habla de Cristo calificándolo de libertino sin que le tiemble la voz ni se le mueva un músculo de la cara, lo que revela no es una lectura plausible y alternativa del cristianismo, sino su propia incapacidad para concebir la humanidad sin degradación moral.
En esta desafortunada visión Petro no define al Salvador del mundo sino así mismo, pues vive atrapado en el desorden ético que también hace noticia casi a diario en el país. Remember su affaire en Panamá con una chica trans que no era precisamente la Primera Dama, sus lecturas subrayadas de Marx en un club subterráneo de trabajadores porno en París, o su visita ‘oficial’ a un prostíbulo en Portugal. Por ello puede imaginar que la santidad es una impostura y que toda grandeza debe esconder algún vicio sexual.
Humanizar a Cristo no consiste en animalizarlo, es decir, rebajarlo o imaginarlo como si fuera dominado por instintos desordenados, impulsos irracionales o pecados propios de una naturaleza caída. El cristianismo afirma que Jesús fue plenamente hombre sin ser moralmente corrupto. Petro, en cambio, solo parece capaz de concebir lo humano desde la concupiscencia, la transgresión y el exceso. Por eso su “cristo” amante, su Don Juan sin Biblia no salva, no confronta y no juzga. Es un Cristo a la medida del relativismo moral que muchos abrazan porque lo hace inofensivo, degradado y útil para justificar una vida sin dominio propio ni coherencia.
Que un colombiano común diga estas barbaridades ya es preocupante. Pero que las diga el Presidente de la República es una vergüenza institucional irreparable. Como en muchos otros temas, incluso en los que parece que domina, Petro no habló como académico serio, ni como provocador cultural exquisito, ni siquiera como un ateo ilustrado. Habló como un hombre que confunde ignorancia con lucidez y grosería con valentía intelectual. Usó la investidura presidencial para imponer una caricatura ofensiva de la fe de millones, no por convicción profunda, sino por incapacidad de sostener un pensamiento riguroso.
Jesucristo, cien por ciento hombre, cien por ciento Dios, no queda herido por estas palabras. Su figura mesiánica, que ha atravesado dos mil años de historia, persecuciones, herejías, burlas y la muerte en la cruz, no depende del respeto de un mandatario pasajero. Quien queda desnudo es el Presidente. Quien hoy queda retratado como un líder intelectualmente frágil, atrapado en sus contradicciones morales, que necesita derribar símbolos porque no puede sostener argumentos es él, no Él.
Al final, el ‘cristo’ de Petro es como él: vulgar donde debería ser profundo, ideológico donde debería ser honesto, provocador donde debería ser responsable. No es el Cristo de la historia, ni el de la fe, ni siquiera el de la crítica seria. Es un cristo inventado para encubrir una pobreza intelectual que ya no sorprende, pero que sigue resultando indigna del cargo que ocupa. Me pregunto: ¿qué pensarán los cristianos que lo siguen y que saben que deben defender, con la vida si es necesario, el honor de nuestro Señor?



