La implacable evolución tecnológica de los años recientes nos ha superado. Tanto que no hemos podido asimilarla y nos desbordó.

La educación no ha sido ajena a este evento. Si comparamos los métodos utilizados por nuestros maestros con los esquemas actuales, somos no solo generaciones distintas, sino hasta extrañas.

Tareas para realizar en casa utilizando solamente, porque eso era lo que había a disposición, libros de texto, escritos por eruditos, que no perdían vigencia. El trajinar por el mundo del aprendizaje se hacía de la mano de la investigación personalizada y con esfuerzos que nos acostumbraban a querer saber más y disfrutar del estudio.

Hoy, la facilidad a través de la consulta simple por internet de cualquier investigación impuesta como materia de estudio, ha simplificado tanto el proceso, que no nos enteramos de que estamos aprendiendo, sino copiando y pegando.

Las consecuencias de ello no son difíciles de identificar. La dificultad para obtener el hábito de la lectura como algo para disfrutar, las limitaciones cuando nos plantean temas de conversación diferentes a los tratados en las redes, escribir un texto, improvisar una presentación, redactar sin errores ortográficos y con buena sintaxis, son acciones que les generan (a los jóvenes) tanta dificultad como hacer una operación aritmética sin calculadora.

El proceso por desestimular la lectura como hábito ha encontrado muchas justificaciones. El movimiento ecológico para proteger las fuentes de papel (los árboles), ha intentado acostumbrar a la lectura digital, sin buenos resultados. Al menos desde un punto de vista personal, la sensación placentera de tener un libro en las manos es incomparable, y nada que ver con estar, cual estatua, frente a una pantalla.

En épocas pretéritas, la lectura era una asignatura como cualquier otra. En ese horario se iba a la biblioteca del colegio a leer la obra de su gusto y al concluir la semana, cada estudiante hacia una sinopsis verbal del texto leído. Hoy los libros vienen resumidos en internet.

Leer textos de estudio como requisito educativo no es igual que hacerlo para disfrutar los contenidos. Lo primero es un requisito u obligación, lo segundo es un placer.

En esa nueva perspectiva ha influido, lógicamente, el cambio en los métodos educativos, que desde luego van de la mano con la evolución tecnológica a la que nos referimos.  Actualmente los temas de investigación que se plantean en la formación académica, los resuelven consultando Google, copiando y pegando, por cumplir. Después, muchos criterios e información que recoge el estudiante provienen de las redes, con un material cuya veracidad nadie controla y cuyo provecho en la formación cultural de la persona, no resiste ningún análisis.

Es no solo aconsejable sino necesario, revertir esa tendencia. Regalar libros desde temprana edad para estimular el gusto de leer sin obligación, es una posibilidad. Sé, que regalar libros para algunos es tan anacrónico como regalar corbatas. Pero un pueblo que no lee es un pueblo aislado de la cultura, de la educación, del modernismo y, sobre todo, que renuncia al beneficio de los placeres sanos. No es igual leer mucho para ser un tecnócrata, que hacerlo para convertirse en alguien que, con su conversación, puede irradiar la cultura adquirida a través de los libros.

Muy probablemente si modificamos algunas tendencias, por más que vengan de la mano de la modernidad, lograremos que los temas de nuestras charlas coloquiales no queden presas de los contenidos de las redes sociales y sus influencers, que poco o ningún beneficio cultural dejan a los contertulios. Y de seguro, no solo nos sentiremos mejor, sino que de pronto nos comportamos diferente, disminuyendo un poco la brecha con los países que no llevan tanta ventaja en esta materia. Proceso a largo plazo.