Después de 9 meses de esta preñez pandémica, quiero compartir con ustedes unos pensamientos filosóficos que ha parido mi mente, en esta singular época de la historia humana, que por fortuna nos ha tocado vivir.

Como dice F. Vallejo: «Uno es lo que los otros te permiten ser»; estos meses me han permitido ser opinador influyente y eso me ha forzado a pensar sobre la vida, para volver a la pregunta que desde el primer día se hizo el hombre: ¿Para qué y por qué vivimos?

Filosóficamente me ha gustado, desde que la conocí, la definición de el presocrático Epicuro, que define la razón de la existencia como: «El goce moderado de los placeres. Hay placeres del espíritu y del cuerpo, ambos hay que disfrutarlos con inteligencia, en busca del objetivo vital que es la felicidad»; «El conocimiento debe servir para procurar la felicidad del espíritu y de la materia».

Siendo epicurista, esta vida pandémica me ha hecho pensar que, siendo finitos (que corta es la vida), ver pasar la vida por las ventanas y sentirme escondido de ella, por miedo a la única verdadera certeza de nuestra existencia, que es la muerte, trae todo menos felicidad.

La vida está fuera de la pantalla del Tv y del celular; por miedo a la esencia de vivir, que es morir, la estoy dejando, de vivir.

Llegar a esta edad me ha permitido ser espectador de mi propia vida. A veces me aplaudo y a veces me abucheo; dudo cada vez más de mis certezas y veo con pesar la inmensidad de mi ignorancia; soy compasivo de mi entendimiento sobre la realidad de mi segura muerte y del natural dolor que producirá en los míos esa inexorable pérdida.

Lo anterior me obliga, para ser consecuente con mi pensamiento, a rebelarme al aislamiento y, sabiendo mi responsabilidad con los demás, siguiendo los tiránicos protocolos del bozal y de no abrazar a los que quiero que sientan mi apego, salir a disfrutar de los años que me quedan, gozando de los atardeceres, de las tertulias con mis amigos, de la música, de la comida que me gusta, del ron y demás cosas, que hagan bailar mis neuronas, ya que no puedo bailar con pareja.

Como quiero dejar algo de eco de mi existencia, me gustaría que me evocaran como el que decidió vivir los días que le quedaban sin el yugo del miedo a la muerte y que, el día que se celebre ese acontecimiento, con una sonrisita cínica me recuerden diciendo: «Vivió, disfrutó y nos hizo disfrutar con humor la felicidad de su existencia».