Hace un año venimos padeciendo la peste del llamado corona virus; petrificados hemos visto cómo ha matado gente y continúa su macabra labor, ahora con mayor intensidad.

Tantas mentiras hemos oído; tantas vanas palabras, promesas, disparates, verdades a medias, remedios infalibles, que resultan nada buenos y pócimas curativas que se dan como la panacea ante el mal.

Diría que lo único cierto es que el Covid-19 tiene desconcertada a la ciencia, por lo ladino; ataca sin manifestarse; selecciona la víctima y, siendo incluso el más fuerte, lo puede matar; a otros, ancianos inclusive, ni un dolor de cabeza.

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Como siempre en la historia humana, unos inversionistas vieron una gran oportunidad de pagar a unos científicos y ya tenemos vacunas.

Los dueños de las patentes de las vacunas son los dueños de nuestras vidas; ellos pusieron el dinero y quien pone el oro pone las condiciones (dura pero incontrovertible verdad).

Los dueños de las vacunas dicen cuánto vale, cuántas dosis y nos imponen las condiciones que quieran, tales como que, si vuelve otro virus parecido, a ellos les debemos comprar esas futuras vacunas.

Por más de que muchos se desgañiten y pataleen, el que quiere vacuna se arrodilla, ante el dueño de la vida o de las vacunas y, simplemente, acata sus órdenes.

Eso lo han hecho todos los gobiernos, de izquierda o de derecha. Durante estos meses los dioses de la vida, inversores en las patentes, nos dominan; hasta que logremos vencer por nuestros propios anticuerpos al Covid-19.

Que cese la diarrea oral de algunos, peleando con el gobierno, por el tema de la vacuna. Ahí se hizo lo que todos han hecho: genuflexos ante el dios oro, aceptamos sus condiciones para poder sobrevivir; quien no quiera, no se vacune, le garantizo que a las farmacéuticas les importará un soberano rabo que usted se vacune o no.

He padecido el Kicovid; casi me lleva. He visto las clínicas atestadas y desfilar los muertos. Quisiera gritar lo absurdo de todo esto y patalear por esta realidad de saber que la vida de los humanos pende de un gran negocio; solo me queda la protesta, porque a la realidad no la podemos vencer: «Nuestra vida es un negocio ajeno».

Ñapa: Hoy más que nunca, evoco inhiesto al gran León De Greiff: «Juego mi vida, vendo mi vida, de todos modos la llevo perdida».