Gracias a este momento distinto que me ha dado la existencia, he tenido todo el tiempo para hacer cosas, para las que antes del Covid19 no tenía tiempo; entre ellas unas que me han dado mucha felicidad, como la de ver fotos de mi niñez y juventud. Que alegría me da ver a mis padres (ya fallecidos), jóvenes y gozando de la vida; los amigos de infancia, colegio y universidad.

Recordando la moda, veo que todo tiempo pasado fue peor. Qué horror los pantalones de campana y los zapatos de plataforma masculinos, las correas anchas con hebillas que tallaban del ombligo hasta el creaturero; lo único rescatable eran los pantaloncitos calientes de la moda femenina.

Quiero hoy hacerle un homenaje a la terlenka, tela usada en la época para hacer los horribles pantalones de bota campana. Ese material era elástico y me hizo pasar muchas vergüenzas, especialmente cuando estaba visitando la novia.

Es difícil que los jóvenes entiendan que, en aquella época, era pecado tener erección cuando uno besaba la novia, pero era así. Uno tenía que esconder su dureza, para no ser pervertido. La terlenka no permitía esconder al tieso.

Mi suegro, alma bendita, gran señor, solo tenía un defecto: Llegaba a la hora de la visita de novio, vigilado por mi inolvidable y querida suegra. Por su puesto yo siempre lo saludaba encorvado y echando las nalgas para atrás, para que no viera la carpa de mi entrepierna.

Años después me confesó que él, mi suegro, pensó durante un tiempo que yo era cojo.

Gracias terlenka, por haber favorecido mi fuerza viril y enseñado que hay cosas que no se pueden esconder.

Ñapa: El que se rió fue porque le pasó lo mismo. Y si es mujer, simplemente le digo: «Que morronguita eras».