A raíz de un bochinche de una conocida que se gastó un billete grande operándose allá, en la profundidad, escribo este Susurro XXX.
Recordé que hace un tiempo escribí algo sobre las cirugías para rejuvenecer las intimidades femeninas y resolví actualizarme, mediante la Inteligencia Artificial, sobre ese antes peliagudo asunto.
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que hablar de vaginas en público se consideraba una vulgaridad. El que dijera “labios menores” sin estar en clase de biología era visto como un pervertido o un poeta demasiado gráfico. Hoy, hasta se pueden leer por encima de algunas prendas ceñidas.
Pero en el siglo XXI, donde la obsesión por la estética ha llegado hasta los rincones más recónditos del cuerpo, la cuca—¡oh, la pobre y sufrida cuca!— no se salvó de la fiebre de la corrección cosmética.
Ahora se rejuvenece la vulva. Se le alisa, se le blanquea, se le rellena, se le esculpe. Y todo con nombres que suenan a menús de cocina molecular:
•Labioplastia.
•Vaginoplastia.
•Clitoroplastia.
•Himenoplastia.
•Radiofrecuencia vaginal.
•Láser CO2 fraccionado.
•Plasma rico en plaquetas vaginales.
•Y, por supuesto, el infaltable G-shot (una inyección para “resaltar” el punto G, como si fuera una ceja mal definida).
Sí, así como lo oye: En la actualidad hay mujeres que van al ginecólogo no solo para que les digan si todo está en orden, sino para ver si pueden salir de ahí con una vagina tipo catálogo, “naturalmente corregida”, tersa, simétrica y, por qué no, más apretada que en sus años mozos.
En el reino de la cirugía estética genital, la igualdad de género llegó a los hombres (aunque tarde y con menos marketing). Hoy también existe la escrotoplastia, y junto a ella, otros retoques masculinos:
•La faloplastia.
•El relleno peniano con ácido hialurónico.
•El lifting del escroto, para que la mochila no parezca una hamaca descolgada.
•Y, para los más creativos, el bronceamiento anal, para que ni el ano tenga una sombra que lo empañe.
¡Ah, el pudor! Ese objeto del siglo pasado que nuestras abuelas veneraban mientras cruzaban las piernas hasta para estornudar, ahora cambió en la era del “empoderamiento genital”, que no es otra cosa que disfrazar con feminismo lo que a veces no es más que una costosa presión estética disfrazada de libertad.
Antes, el tabú era el silencio. Hoy, el tabú es no hacer nada. Si no te retocas la cuca, si no te haces un láser vaginal al menos una vez por año, si no tienes un G-shot con PRP, quedas como una cavernícola sexual, una antisistema con los genitales sin formato. ¿Te imaginas el horror?
Quién iba a pensar que, años después de que nos prohibieran hablar de ciertas partes del cuerpo, terminaríamos parloteando de ellas como si fueran un carro de carreras, con luces LED, escape cromado y motor turbo. Eso sí, en la revisión técnico-mecánica, que no falte el ginecólogo estético.
Y mientras tanto, allá en algún rincón del mundo, una digna dama reza tres padrenuestros porque su nieta se hizo una clitoroplastia con blanqueamiento vaginal y lo muestra por Instagram.
Ñapa: Envié este Susurro a mi asesor en estos temas, mi gurú de Bugalagrande, “el Chino Floro”, y me corrigió así:
“Se ve que no sabes de temas íntimos masculinos. No se hace bronceado anal, se hace blanqueamiento.”
El que sabe, sabe, y Floro en eso es profundo.
Ñapita: A este paso, próximamente tendremos trasplantes de vaginas y de pipís. Uno puede dejar escrito que dona sus criatureros, con la esperanza de que les vayan a dar buen uso. Yo el trasero no lo dono. Mejor no me arriesgo con el uso que le den.
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