Esta es la época de evocación de cosas buenas y de lugares que han pasado por nuestras vidas, dejando huella. Hay un sitio en Cali que, desde muy niño, ha acompañado la evolución de mi existencia.

Desde niño, en la tradición local, se sale a tardear cuando empiezan los vientos de los Farallones.  Ese paseo consiste en ir a buscar un sitio donde vendan un buen pandebono o pandeyuca, un buen cholado o salpicón.

Frente a la Plaza de Toros había un localito con un gran horno de leña, donde hacían el mejor pandebono de maíz y, por tanto, se hacía fila para comprarlo.  Su fama obligó a cambiarse a un local más grande, para irse transformando, con los años, en un ícono de la comarca vallecaucana.

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Lo que hoy llaman emprendedores y antes eran berracos trabajadores, Luis Hernando Montoya y su señora Alicia, con su receta familiar de pandebono, iniciaron en 1958 la hoy famosa Tardes Caleñas.

Sin dejar de ser “cuestión de pandebono”, hoy es una gran empresa de turismo, que tiene hoteles, piscinas con olas, grandes toboganes y, ante todo, un gran sentido de pertenencia valluna.

Con esfuerzo propio, sin pretensiones ostentosas, con gran simpleza y humilde limpieza, han construido el mayor centro de diversión auténticamente local, donde se divierten todas las clases sociales con alegría y camaradería.

Debo confesar que no soy imparcial al hablar de Tardes Caleñas, porque fue allí donde invité a comer pandebono a quien ha sido la mujer que me ha acompañado desde entonces, el día que la conocí.

Ahora, en el ocaso de la existencia, voy a Tardes Caleñas, en Rozo, Palmira, con mi nieto, a ver cómo, interminablemente, se tira por los toboganes y demás diversiones acuáticas.  Escuchando salsa y oyendo dichos vallunos y del Pacífico.  Aquí me enorgullece nuestra alegre y pujante cultura, donde la fusión de etnias está dando clases de integración con progreso.  Donde reina el respeto, se oye decir gracias por doquier, y el “sí, señora” y el “sí, señor”.

Felicitaciones a los inspiradores de Tardes Caleñas.  Si viene al Valle, hay que ir a vivir esa experiencia. Reduzco este susurro con una frase de mi nieto:  Abuelo, me gustan más estos toboganes que aquellos en los que estuve en República Dominicana.

Ñapa:  Navidad es temporada de agradecimiento y esperanza.  De reencuentro con los que están ausentes y vienen de visita.  No hablemos de política ni de nada que divida.  Hablemos de familia y de la gran fortuna de tener un país que salta matones, pero sale adelante.

Ñapita:  Agradecimiento a todos por sus solidarios mensajes por mis motivos de salud.  Ya comencé el tratamiento, donde vamos los cientos a quienes el destino nos puso a curar con ayuda de la ciencia y nos dio el privilegio de recordarnos que hay que vivir el día a día, porque puede ser el último.

Ñapota:  Natilla, desamargado, torta de coco, buñuelo y mucho manjarblanco son el elixir del fin de año.  No sobra su pedazo de queso.