La deserción estudiantil y el voto joven que inquieta a la política

Por años se repitió como dogma nacional:  “La educación es el camino”.  Hoy, en los campus universitarios de Colombia, la frase suena más a consigna publicitaria que a certeza económica.

Las cifras oficiales del Ministerio de Educación muestran que cerca de 4 de cada 10 estudiantes que ingresan a la educación superior no logran graduarse. La tasa de deserción anual ronda el 9%, y la ausencia intersemestral supera el 12%.

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Traducido al lenguaje cotidiano:  Miles de jóvenes empiezan la carrera con entusiasmo y la abandonan con deudas, frustración o pragmatismo.

Mientras tanto, la paradoja salta a la vista. Colegios privados de alto costo mantienen lista de espera, pero universidades (públicas y privadas) hacen campañas agresivas para llenar cupos.

El mercado educativo parece vivir un fenómeno extraño:  Inversión creciente en primaria y secundaria, y escepticismo progresivo en la educación superior.

La pregunta, antes casi sacrílega, hoy se formula en voz alta.

En sectores técnicos y de oficios especializados, un trabajador con experiencia puede ganar igual o más que un profesional recién graduado.

La matemática es cruel:  Cinco años de matrícula, transporte y manutención frente a ingresos inmediatos sin título.

Para muchas familias, la ecuación ya no es romántica sino contable.

A eso se suma una percepción incómoda:  El título universitario dejó de ser garantía de movilidad social. No siempre abre puertas; a veces apenas evita que se cierren.

Otro factor silencioso es demográfico. Colombia vive una caída sostenida en la tasa de natalidad.

Una generación que posterga o descarta tener hijos también replantea sus prioridades vitales. El proyecto tradicional (estudiar, graduarse, formar familia) pierde fuerza frente a trayectorias más flexibles, informales o digitales.

No es falta de ambición; es otra idea de éxito.

Pero la historia no termina en la matrícula. Termina (o empieza) en las urnas.

La universidad colombiana ha sido históricamente un laboratorio político. Hoy, ese laboratorio está atravesado por frustración económica, precariedad laboral y desconfianza institucional.

En universidades privadas de élite como la Pontificia Universidad Javeriana, distintos sondeos internos y percepciones recogidas en debates estudiantiles sugieren una inclinación hacia opciones progresistas en el escenario legislativo.

En mediciones informales que circulan en ambientes académicos, el respaldo al senador Iván Cepeda Castro superaría ampliamente (incluso hasta triplicar) la simpatía hacia figuras conservadoras como Abelardo De La Espriella.

No es un dato oficial del registrador ni una encuesta certificada; es el pulso ideológico que se respira en auditorios y cafeterías.

Y ese pulso tiene explicación.

El estudiante que siente que el mercado no recompensa su esfuerzo tiende a buscar respuestas en propuestas de redistribución, regulación o reforma estructural.

El que percibe que el Estado no acompaña su permanencia académica exige mayor intervención pública.

La deserción, en ese sentido, no solo es educativa:  Es política.

Las universidades ajustan becas, flexibilizan horarios y amplían programas virtuales. Los partidos, por su parte, ajustan discursos.

Ambos compiten por lo mismo:  La confianza de una generación escéptica.

La ironía es evidente.  Durante décadas, la educación fue presentada como el antídoto contra el populismo.  Hoy, la decepción educativa puede convertirse en combustible electoral.

Si el país no logra reconciliar educación con empleabilidad y movilidad social, el problema no será solo financiero para las universidades.  Será democrático.

Una juventud que no cree en el retorno del estudio tampoco creerá fácilmente en las promesas del sistema político que lo administra.

Y cuando la fe en el mérito se debilita, el voto deja de ser racional y se vuelve visceral.

 

En ese punto, los campus vacíos podrían decir más sobre el futuro electoral de Colombia que cualquier plaza pública llena.

Ñapa:  La pregunta incómoda

Después de leer todo esto (la deserción, los salarios, el escepticismo, los sondeos universitarios) queda una pregunta menos académica y más personal:

¿Ya sabe por quién va a votar al Congreso?

¿Sabe en qué mesa le corresponde votar?

¿Va a llevar a alguien más a la jornada electoral?

¿Será testigo electoral para cuidar su voto?

Porque si la educación preocupa, si el empleo frustra y si el futuro inquieta, el único instrumento concreto que tiene el ciudadano no es un trino indignado ni un debate en la cafetería universitaria.

¡Es el voto!

Las universidades pueden quedarse sin alumnos.

Los partidos pueden quedarse sin credibilidad.

Pero la democracia se queda sin sentido cuando el ciudadano decide no participar.

Y eso, al final, también es una forma de deserción.