EL DIOS DE ABELARDO

Por: Willian Fredy Palta

Desde la posesión del presidente Abelardo de La Espriella, se ha hecho evidente su frecuente invocación a Dios y su recurrente identificación con prácticas religiosas de diferentes denominaciones, reflejada tanto en su asistencia a ritos ecuménicos como en el nombramiento de reconocidos pastores, sacerdotes y sus cónyuges dentro del gabinete ministerial.

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No obstante, esta abierta manifestación de fe por parte del mandatario despierta inquietudes y preocupaciones de orden político en un Estado que se define constitucionalmente como no confesional y defensor de la libertad de cultos. El principal interrogante ¿cuál es el dios de Abelardo? Y por qué el uso instrumental que se le da en el ejercicio de la autoridad, representado en la expresión desafiante de “Viva Cristo Rey” abriendo la puerta a un peligroso juego de autoritarismo.

Resulta llamativo que la primera referencia pública sobre la postura espiritual de Abelardo fue su abierta declaración de ateísmo. Su conversión mística coincidió con el inicio de su campaña presidencial, un drástico giro ideológico que legitimó la construcción discursiva de la denominada «Patria milagro». El peligro latente de este cambio estriba en que el dios predicado por Abelardo posee características de una deidad vengativa, castigadora, perversa y profundamente excluyente.

Este enfoque teocrático asimila dinámicas históricas donde se justificaron la violación de Derechos Humanos y la guerra en nombre de Dios. Abelardo se siente el elegido por la divinidad al autoproclamarse como el «mejor guerrero de Dios» elegido para afrontar crisis como el reciente terremoto, el mandatario asume, así, una postura mesiánica que fractura el pluralismo democrático.

Bajo esta estricta lógica de dogmatismo religioso, la oposición política deja de ser un contradictor legítimo dentro del debate y pasa a ser catalogada inmediatamente como un enemigo directo de la divinidad. Al instrumentalizar principios bíblicos como «el que no está conmigo, está contra mí», el gobierno promueve la polarización y deslegitima el disenso. Los contradictores son tildados de «cizaña» o «males del mundo» que deben ser erradicados, convocando a una cruzada cultural y espiritual para rescatar el territorio de supuestos paganos, bandidos, comunistas y opositores.

Abelardo asume la postura de divinidad, dueño de la vida y la muerte. Se pasea como el “hades” en medio de la muerte, protagonizando una escena tan terrorífica que supera cualquier relato de Alighieri. En este ejercicio de mesianismo político, Abelardo, utiliza deliberadamente todo el aparato estatal para librar una batalla ideológica, convirtiendo la crítica ciudadana en una forma contemporánea de herejía que merece el castigo social.

Asistimos, en nombre del dios de Abelardo, a un riesgo de debilidad democrática y fortalecimiento de una tiranía investida de divinidad. El problema del dios de Abelardo no es una cuestión teológica, sino política.

Esta agenda antidemocrática, disfrazada de religiosidad, se ve reforzada por el activo protagonismo de la primera dama, quien lidera una campaña espiritual mediante cadenas de oración y el rezo del rosario bajo el eufemismo de proteger a la familia. Sin embargo, estas acciones velan evidentes intereses económicos mediante fundaciones exprés e intenciones ideológicas particulares, utilizando la fe como un mecanismo de manipulación de masas.

Un ejemplo fehaciente fue la instrumentalización del concepto de familia para intentar justificar la flagrante ausencia e insensibilidad de un ministro en plena tragedia sismológica. Asimismo, el discurso gubernamental reduce la institución familiar a un modelo hegemónico, desconociendo por completo la riqueza y diversidad de las familias homoparentales y los avances normativos dictados por la Corte Constitucional en la Sentencia C-577 de 2011, la cual ampara legalmente los vínculos humanos basados exclusivamente en el afecto y la libre elección.

Finalmente, la imposición de una verdad única bajo supuestas pretensiones divinas debilita las bases institucionales y republicanas, emulando dinámicas de la Edad Media donde cuestionar al gobernante equivalía a rebelarse abiertamente contra el mismo Dios. Esta visión providencialista pretende que flagelos como la pobreza, el hambre y la miseria se acepten pacíficamente por la población como designios divinos inalterables, reduciendo la capacidad de resistencia del pueblo frente al soberano.

El riesgo se extiende al ámbito académico a través de los planes de las ministras de Educación para restaurar valores morales e introducir nuevamente al “dios”, de Abelardo, en las escuelas públicas. Introducir un dogma restrictivo no resuelve las deficiencias estructurales y presupuestales que padece históricamente el sector educativo en Colombia. El actual uso político de la religión no busca la cohesión espiritual, sino consolidar una hegemonía que castiga la diferencia, debilita la democracia y consolida una tiranía en beneficio del poder absoluto.

Finalmente, es necesario decir que me declaro ateo al dios de Abelardo, y este no puede ser el mismo de Jesús, porque el Dios de Jesús llama bienaventurados a los que trabajan por la paz, en cambio el de Abelardo no.