Cada vez que me cuestiono sobre mi alimentación, me asaltan infinidad de dudas: ¿Qué debo comer para bajar de peso? ¿Cuáles serán las porciones correctas? ¿Si hago ejercicio debo cambiar las porciones? ¿Las grasas son malas? ¿Puedo comer postre? Y en vez de llegar a una conclusión me vuelvo un ocho y sigo comiendo desordenadamente.

¿Existe una dieta perfecta? No lo sé. Hablando desde mi experiencia (he probado muchas), las dietas las vemos como un camino fácil para algo que ha tomado años formarse. Uno no se engorda de la noche a la mañana, por lo tanto tampoco podemos pretender bajar de peso en un abrir y cerrar de ojos. Entonces dejamos de consumir ciertos alimentos, y si no vemos mejoría, nos frustramos. Por otro lado, si vemos un cambio, nos excedemos en el régimen porque queremos que todos lo noten, y en el mejor de los escenarios, descompensaremos nuestro cuerpo.

Es normal que una persona baje de peso al eliminar de su dieta un grupo específico de alimentos, ya sean las grasas, los carbohidratos o los azúcares, pero ¿qué tan bueno es eliminarlos por completo? ¿no nos harán falta en nuestro organismo?

Pongamos un ejemplo, los carbohidratos. Nos los pintan como unos monstruos, un enemigo mortal, al que debemos tener a metros de distancia, pero el problema no son los carbohidratos en sí, el problema es de dónde provienen. Si tu dieta se basa en comer pasta, arroz, papa o galletas, le estas dando al cuerpo una cantidad considerable de azúcares y almidones que son de rápida absorción. Al comer estos alimentos tu nivel de azúcar en la sangre se dispara y te sientes satisfecho y con energía, pero una hora después ese efecto pasa y vuelves a sentir hambre. Por el contrario, las frutas y vegetales, aunque también contienen carbohidratos, son de absorción lenta, su cantidad de fibra es alta, por lo cual te mantiene saciado por más tiempo. La clave está en saber elegir.

Conociendo esto, podemos ir armando nuestro plato perfecto, llenando un 50% del plato con vegetales y frutas, un 25% con carbohidratos de granos enteros como quinoa, arroz, avena o millo. Y el 25% restante agrégale la proteína, preferiblemente pescados o legumbres, ya que son altas en fibra como las lentejas, garbanzos, edamames y arvejas. Otras opciones son el huevo, los frutos secos, derivados de la leche y derivados de la soya. Es muy importante revisar nuestras fuentes de proteína, ya que éstas son uno de los nutrientes claves para cualquier proceso biológico. Existen alimentos de origen vegetal que tienen beneficios que ni siquiera la carne posee. Así que ¡Manos a la obra!