Me soñé que había terminado la pandemia y desaparecido para siempre el Covid19. No tendría que usar tapabocas, ni saber si es mi día para poder salir.

Dejaría de leer cuántos contagiados y muertos hubo en las últimas 24 horas. El presidente dejaría su programa diario y volvería el boletín del consumidor con tal cual.

Los buses de los colegios en las calles; los transportes masivos llenos; los bancos sin cola afuera; las ventas ambulantes en todas las esquinas; Venezolanos limpiando vidrios; Centros comerciales con promociones; los Cines, restaurantes, bares y discotecas con su bullicio.

Salir sin máscara a comprar pandebono en panadería con avena fría; preguntar cuándo es local América, para ir al estadio; comprar el tiquete de avión para viajar a cumplir mi cuota de centralismo.

Estaba pleno de felicidad hasta cuando me fui a poner nuevamente la vestimenta normal. Nada me entró; me quedaron pequeños hasta los pañuelos; los zapatos no me cupieron; los tenis y las chanclas deformaron mis pies; no tenía cuchillas de afeitar; el carro no tenía gasolina y la batería estaba descargada.

Llegó la empleada del servicio y pidió cuanta maricada existe para asear y organizar la casa; volver las cosas a su lugar; el comedor dejó de ser el escritorio; los cables del Tv y el computador deben esconderse.

Tengo que volver a trabajar normalmente; ir a la oficina y desempolvar las tarjetas de crédito, para pagar el almuerzo; comprar ropa dos tallas más grandes, ir al dentista y al médico; volver a juntas directivas presenciales y asambleas de los edificios.

!Ufff! Gracias a Dios me desperté de esa pesadilla. Me volví a poner mi pantaloneta con camiseta ancha y, para la cocina a comer arroz con huevo y un buen maduro.

¡QUE VIVA LA CUARENTENA !