En la vida de uno hay personas que se meten en política y que no encajan del todo en el molde habitual. No son los de siempre; no son profesionales del cálculo, ni expertos en el volteo. Son, amigos de años, gente que uno ha visto en lo cotidiano, en lo simple, en lo humano. Personas que uno considera buenas.
Por eso mismo, cuando deciden aspirar, uno no solo los apoya: uno espera que les vaya bien. Hay algo casi íntimo en ese deseo, como si su triunfo fuera también una pequeña reivindicación de que la decencia todavía tiene espacio en la vida pública. Y tal vez por eso sorprende tanto (más de la cuenta) cuando no salen.
En las últimas elecciones hubo casos que, al menos en lo personal, me dejaron desconcertado.
– El del doctor De Lima Bohmer, por ejemplo. Uno lo veía montado en esa ola: Convencido, impulsado, casi con el puesto asegurado en esa lista que había promovido con tanta fe.
¡Pero no; no salió!
Y cuando uno se queda con esa sensación, esa mezcla de incredulidad y frustración, empieza a indagar; a preguntar aquí y allá; a reconstruir el camino.
Ahí es donde aparece la historia que, más que explicación, parece advertencia. Porque, según lo que fui entendiendo, no fueron casos aislados; no fue mala suerte; no fue simplemente que “faltaron votos”. ¡No!
Fue, digámoslo así, una especie de burundanga política. Un personaje, llamémoslo Roy, para no perdernos en formalidades, fue el encargado de repartirla. No en copas ni en pañuelos, sino en promesas: Votos que nadie vio, apoyos invisibles, estructuras que parecían sólidas… pero que se desvanecieron el día de las elecciones.
A varios les dijo lo mismo: Que ya estaba hecho, que había una maquinaria silenciosa trabajando, que existían votos “amarrados” que aparecerían como por arte de magia.
¡Que confiaran! ¡Y confiaron!
El problema con la burundanga (la real y la metafórica) es que no solo adormece: también despoja del control. Hace que quien la recibe actúe convencido de algo que no está ocurriendo.
Y así, uno a uno, fueron cayendo. No en una trampa evidente, sino en una ilusión cuidadosamente construida. El resultado fue el mismo: Terminaron quemados, no por falta de méritos, sino por exceso de confianza en un libreto ajeno.
Lo más inquietante es que la historia no parece haber terminado. El mismo personaje sigue rondando, con el mismo discurso, con la misma seguridad, prometiendo ahora incluso más votos que antes, como si la memoria electoral fuera tan frágil como para no recordar el episodio anterior.
Pero en política, como en la vida, hay lecciones que cuestan. Y esta deja una bastante clara: No toda esperanza es ingenua, pero toda ingenuidad termina costando votos.
Porque al final, el que es burundanguero, aunque no lleve frasco, encuentra siempre la forma de seguir repartiendo sueños… hasta que alguien decide despertar.
La plata y las consecuencias
Otro tema que vale la pena indagar y que empieza a sentirse con más fuerza de cara a las elecciones que vienen, es el de la presencia de dineros provenientes del Gobierno nacional en el ambiente político.
Mucho se ha dicho, y aunque no siempre hay pruebas directas sobre la mesa, el clima es claro: Hay una sensación extendida de que la política se está lubricando con recursos públicos, directa o indirectamente, a través de decisiones que terminan teniendo efectos electorales.
En ese contexto aparece otro elemento delicado: El salario mínimo.
El Gobierno ya lo aumentó de manera importante, y aunque en el discurso buscan aliviar a los trabajadores, generan preocupación en sectores productivos que son, al final, los que sostienen el empleo.
Porque aquí hay una verdad incómoda: Subir el salario no es gratis. Y cuando la economía no acompaña, el efecto puede ser exactamente el contrario al que se anuncia.
Y los primeros síntomas empiezan a aparecer:
En el sector azucarero, clave en regiones como el Valle del Cauca ya se sienten movimientos preocupantes. Se habla del cierre de operaciones de ingenios que ven cada vez más difícil sostener su estructura de costos.
El caso del ingenio María Luisa ha encendido alarmas. La imposibilidad de mantener la operación, según se comenta en el sector, estaría ligada a la falta de viabilidad financiera para sostener su planta de trabajadores.
¡Y no es un hecho aislado!
Ya venía el antecedente de La Cabaña, que había reducido o cesado operaciones, y ahora el panorama empieza a mostrar una tendencia que no se puede ignorar: Menos industria, más presión sobre el empleo.
Dos ingenios en problemas o cerrados, según cómo se mire, no son solo cifras. Son familias. Son regiones enteras que dependen de esa actividad. Son economías locales que empiezan a resentirse.
Y ahí es donde la discusión deja de ser técnica y se vuelve profundamente política.
Porque mientras por un lado se prometen mejoras inmediatas (más ingresos, más ayudas, más presencia estatal), por el otro empiezan a aparecer efectos que golpean en silencio: Empresas que no dan más, sectores que se contraen, empleos que desaparecen.
La pregunta de fondo es inevitable:
¿Estamos frente a decisiones pensadas para el largo plazo… o frente a medidas que buscan rendir políticamente en el corto?
Porque si algo enseña la experiencia es que la economía no se deja seducir por discursos. Funciona o se rompe, con números. Y cuando los números no dan, no hay burundanga que alcance.
Y si a alguno de los lectores le quedan dudas, si todo esto suena exagerado o distante, le propongo un ejercicio sencillo, casi doméstico.
Salga un domingo en la tarde o en la noche. No a un centro comercial específico, no a un sitio puntual. Salga a recorrer; a buscar restaurantes, cafeterías, negocios abiertos.
Mire con calma.
En mi opinión, lo que se encuentra hoy no es lo que era antes.
El domingo, que solía ser un día de movimiento, familias saliendo, mesas ocupadas, vitrinas encendidas, se ha ido apagando. Cada vez es más difícil encontrar establecimientos abiertos, hay más locales con las luces apagadas, más calles comerciales en silencio.
No es una percepción aislada; es un cambio que se siente.
Y aunque siempre habrá explicaciones múltiples. hábitos que cambian, economías que se ajustan, resulta imposible no conectar estos síntomas con el entorno general: Costos al alza, incertidumbre, decisiones que presionan a quienes generan empleo.
Porque el comerciante pequeño, el restaurante de barrio, el negocio familiar, no operan con discursos. Operan con caja. Y cuando la caja no da, el primer ajuste es el horario… y el siguiente, muchas veces, el cierre.
Por eso, más allá de las cifras y de las discusiones técnicas, hay señales que están ahí, a la vista de cualquiera que quiera verlas.



