Amor, entrega y servicio

Éxodo 12.1-8.11-14
Sal 115,12-13.15-16bc.17-18
Corintios 11,23-26
san Juan 13,1-15

Hoy es un día especial para los católicos, iniciamos el triduo pascual, tres días que recogen el misterio salvador de Cristo el Señor, que muere y resucita para liberarnos de aquellos males que nos impiden vivir con sentido de humanidad.  Por eso es una oportunidad para encontrarnos en el silencio y meditar el mensaje que la Palabra de Dios nos quiere regalar. Aprovechemos estos momentos de estar en casa para hacer cada lugar donde estemos un templo, donde la iglesia se congrega en la unidad, la reconciliación y el amor. Hoy es una oportunidad para reunirnos, ya sea con quienes estamos en Casa o a través de las reuniones virtuales, para dedicarnos a la meditación, la oración, pero sobre todo para dedicarnos incansablemente al amor.

Anuncio

En este día de jueves Santo, la iglesia celebra tres grandes regalos que Jesús nos ha dejado, para hacernos comunidad, fraternidad y proximidad.  El señor nos dio: La Eucaristía; el mandamiento del amor y el ministerio sacerdotal. Él nos ha dejado tres grandes dones que implican una gran responsabilidad. Tratemos de comprender qué significa cada uno de esto tres misterios y cómo debemos responder a esa responsabilidad que Cristo nos ha entregado.

Este jueves santo celebramos el gran regalo de La Eucaristía. Jesús se ha quedado con nosotros, se ha hecho pan, se ha hecho alimento, se ha hecho comunidad, Jesús se ha hecho humanidad. El ser humano ha encontrado conciencia de su humanidad en la comensalidad. Por eso reunirse en torno a la mesa no es solo un ejercicio de saciar el hambre, sino de hacernos unidad. La mesa nos da la sensibilidad reconocer al otro, al que sufre, al que está solo y nos compromete salir a su encuentro. Por eso Jesús se hace alimento comunitario, se hace comunión para sacar el hambre de la indiferencia, del desamor, del egoísmo, Jesús se hace comunión para que nadie esté solo, para que nadie se quede desprotegido, ni abandonado, por eso es alimento que sacia el hambre de la injusticia. La Eucaristía es presencia real de Jesús. Allí está su corazón y se ha hecho misterio para que lo contemplemos no con nuestra racionalidad, sino con nuestra espiritualidad por eso Contemplar a Jesús Eucaristía  es saber que el pan, la vida se agradece, se comparte y se entrega al servicio de los demás como lo dice la carta a los Corintios que lo hizo Jesús “tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros” y esta es una tarea que debemos realizar cada día, por eso no entrega la misión de “haced esto en memoria mía.»”. La eucaristía nos exige un ejercicio de interiorización y mística para encontrar a Jesús hecho pan y comprometernos con una praxis profundamente espiritual de oración,  servicio y amor.

El segundo gran regalo este día es el mandamiento del amor. Todo el evangelio es un canto al amor. La encarnación de Jesús, para hacerse el Emmanuel, el Dios con nosotros, su anuncio de la Buena Nueva es una praxis de amor con los más pobres y necesitados. Nos mostró la Misericordia de Dios con el hijo pródigo, la proximidad con el Samaritano, la acogida con los publicanos, la visita a Zaqueo,  la compasión con la viuda, la fraternidad con la adúltera y la bendición con los niños. Por eso no nos llama siervos, sino amigos, encuentro íntimo de cercanía, amor y solidaridad, porque no hay mayor amor que dar la vida por sus amigos. La vida de Jesús es una praxis de amor por eso nos dice “les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. ustedes deben amarse los unos a los otros como yo los he amado” La predicación de Jesús no es una retórica sobre el amor, sino que es la esencia de su vida y la actitud dinamizadora del Reino de Dios, y esto lo hizo hasta el último momento “sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Por eso asumir la propuesta de Cristo es el amor, nuestra profesión de fe no puede quedarse en teoría, debe hacerse realidad, porque Jesús nos dice que la mejor evangelización y predicación es con la vida, el mundo sabrá que somos fieles a en el amor “en esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se aman unos a otros”. Aquí toma sentidos las palabras de Don Pedro Casaldáliga “que nadie salga defraudado en el encuentro con un cristiano”

El tercer regalo en este día santo es el ministerio sacerdotal.  El sacerdocio no es una casta, ni mucho menos un estatus social, político o jerárquico. Todo sacerdocio es ante todo una diaconía (servicio). El llamado de hacerse el último de todos, el servidor. Jesús el maestro toma el lugar de siervo y lava los pies a sus discípulos, se hacer servicio, amor, entrega y sacralidad. Lo sagrado del ministerio sacerdotal no está en un poder mágico o esotérico, sino que al ser Ungido queda consagrado a celebrar lo vive y vivir lo que celebra. Esto implica que el ministerio sacerdotal es asumir el liderazgo obediencial de la comunidad eclesial que se congrega en torno a la comunión,  al amor y al servicio. Asumir el ministerio sacerdotal configura un ethos existencial que hace ver la vida con los ojos de Dios. Esto es con actitud de profeta que anima la esperanza y denuncia la injusticia que impide vivir en la dignidad de los hijos de Dios. Por eso el sacerdote es comunidad, no comodidad y eso lo expresa en la celebración del misterio pascual, la hacer presente a Cristo en las especie de pan y vino y concretarlo en la fracción del pan, para descubrir el presencia de Dios hecho comunión, hecho hermandad y solidaridad.

Hay una invitación muy especial en este día santo a encontramos con Jesús Eucaristía, por eso ante la exposición del Santísimo Sacramento (Monumento) acerquémonos con la fe puesta en Él, contemplemos sus maravillas en el silencio y hablemosle desde nuestro corazón el corazón del amor de los amores, para entregarles nuestra existencia tal como es. El que acoge, que no juzga, que no condena, El que ama hasta el extremo, que se alegra por sus hijos pródigo y sana el corazón herido. A Él que se alegra con nuestra alegría y reconforta en la debilidad,  entreguemos nuestra vida y dejemos que sea él nuestra única necesidad. En ese momento frente a Jesús Eucaristía, hagámosle saber que nuestra confianza está Él y que queremos estar abiertos a la fraternidad, al servicio y al amor, por eso les invito a orar con las palabras del hermano Charles de Foucauld

Padre mío,
me abandono a Ti.
Haz de mí lo que quieras.

Lo que hagas de mí te lo agradezco,
estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo.
Con tal que Tu voluntad se haga en mí
y en todas tus criaturas,
no deseo nada más, Dios mío.

Pongo mi vida en Tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí amarte es darme,
entregarme en Tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque Tu eres mi Padre.
Amén