Kico Becerra

En un acto suicida resolví viajar a Suramérica ayer; exponiéndome al extremo lo hice en 3 escalas: Cali – Lima; Lima – Santiago de Chile y Santiago – Mendoza (Argentina).

Tuve oportunidad de ver las interesantes medidas de seguridad tomadas por los viajeros, para prevenir la gripa China.

Vi a una anciana en silla de ruedas envuelta en papel celofán, con tapabocas y unos lindos guantes verdes, de esos de lavar trapeadores. Ella no viajó, solo iba a despedir a su obesa hija, que iba para Lima.

Delante de este susurrero le dio los últimos consejos: «No vaya a hacer del cuerpo, mija; para eso le compré esos pañales Tena, de los grandes, que aguantan dos meadas».  Sí mamá,  le dijo sonrosada la gordita, al darse cuenta de que yo estaba chismoseando.

Llegó un auténtico inca, con tapabocas, gorro de sala de operación, guantes de lana y protectores quirúrgicos sobre los zapatos.  Llevaba un spray en la mano, fumigando; era un anti bacteriano que olía a vuelta canela de árabe.

Al entrar al avión, como por arte de magia, la mayoría de los pasajeros sacó la más variada gama de tapabocas: Azules, amarillos, blancos, verdes fosforescente, negros y uno morado, que debió ser el kipá (solideo) de un obispo.

La capacidad de inventiva suramericana al máximo; uno tenía un vaso de cartón cortado a la mitad, envuelto en un tapaboca; como un  marranito, parecido al que sabemos.

A mi lado iban 3 muy encopetadas damas, que llevaban finísimos tapabocas, con respiradero. Cada 10 minutos se lavaban las manos con gel antibacterial y esparcían, como si fuera agua bendita, un spray de Eucasol, que huele a eucalipto con pecueca; llevaban guantes de silicona.  Por el caminado y el bulto, debían tener sus maxi tena, como la trozudita.

Yo no traje ni pañuelo y, como soy alérgico, con todos esos olores y el aire acondicionado del avión, estornudé y tosí reiteradamente; ahí fue Troya.  Casi se cae ese avión; todos los de mi alrededor saltaron de su asiento y hubo carrera de marranos para atrás.

La azafata, guardando distancia, me preguntaba de dónde venía; le dije que de Rozo, Palmira; por alguna razón entendió que venía de la India.

Resumen, viajé solo, nadie volvió a su puesto;  no me dieron ni agua.  Cuando íbamos a aterrizar, se me acercó un tripulante, vestido como cazador de abejas y me preguntó de qué parte de la India venía.  Le expliqué hasta lo de la alergia; se quitó la escafandra, nos reímos y puteó a la azafata.

Ñapa:  Sigo sin que me coronen.