El horrendo asesinato de 5 adolescentes, en uno de los barrios más marginados de Cali, es una pequeña muestra de lo que está pasando en nuestra ciudad, donde la delincuencia está desmadrada y los ciudadanos se están tomando la justicia con sus propias manos, ante la total inoperancia de la justicia formal.

Es increíble la naturalidad cómo los parroquianos hablan de que esos cuasi niños merecían que los «pelaran», porque eran unos bandiditos.

Sin sonrojarse, delante de sus hijos, dicen que esos adolescentes marginados y sin ningún futuro, merecían que los masacraran. Abiertamente se refieren a que esa es la única forma de acabar con la delincuencia.

Me hace recordar la época en que, ante las atrocidades de la guerrilla y la falta de Estado en algunas regiones del País, se aplaudía y se coadyuvaba a los paramilitares. Todos sabemos cómo terminó, siendo peor el remedio que la enfermedad.

Que por tirar una especie de granada al CAI de ese barrio, única presencia de la autoridad en ese sector, hubiese caído y explotado en una casa vecina, produciendo 1 muerto y 15 heridos, entre ellos un bebé de 10 meses, es la palmaria demostración de que allá no se respeta ni acoge a ninguna autoridad; es la ley de la selva.

No podemos atribuir este hecho directamente a la pandemia, en esos barrios esto viene de tiempo atrás; lo que sin duda, sí podemos predecir, es que por el desempleo la situación se va a agravar.

Ya es momento en que nos salgamos del cuento diario de la pandemia y que los funcionarios locales y nacionales tomen cartas en el asunto, antes de que se salga totalmente de control; estamos ad portas de esto. No es carreta alarmista, es la pura verdad.

Ñapa: ¿Han visto cosa más desacreditada que los llamados consejos de seguridad que se hacen después de cada crimen atroz?